sábado, 13 de septiembre de 2008

El Plato de Agua de rosas de Venus versus la ensaladera…

No es que me guste especialmente el tenis pero este verano no me perdí la final de Wimbledon entre Nadal y Federer. Todavía en los corazones y balcones del vecindario ondeaban las banderas rojas y gualdas, convertidas en signo inequívoco, digo yo, de que no queríamos que ganara ni Italia, ni Francia… Aquí se estaba con la selección española, que nadie se confunda. Nuestro balcón no sufrió ningún cambio estético, se mantuvo tan lleno de polvo como siempre y sin bandera. Desde entonces creo que algún vecino nos mira con resquemor… ¿Irían con Polonia?
Bueno, a lo que iba, cuando todavía no había desaparecido ese infantil nacionalismo patriótico-deportivo que nos hizo olvidar por unos días la recesión económica, llamada posteriormente “crisis”, es decir, te vas a quedar más tieso que una mojama hipotecada, llega Nadal para alegrarnos la existencia, porque aunque el pan vaya a escasear nos sigue gustando el circo.
La final esperada, máxima expectación y pasteleo por un tubo. ¿Qué me decís del empalagoso encuentro-entrevista entre Santana y Nadal? Lagrimones como puños corrían por nuestras mejillas. Durante las dos o tres primeras horas del partido, se repitió hasta la saciedad que desde el año 1966, en el que Santana ganó la final en Wimbledon, ningún “español” había vuelto a realizar tan osada hazaña. Oye, te embarga la emoción. ¡Venga chaval! ¡Este año podemos! Y de repente, sin avisar y así de pasada, uno de los comentaristas televisivos dice:
- Bueno, a Conchita Martínez le dieron la ensaladera en 1994.
- Sí, me dieron la ensaladera…- comenta Conchita, prudentemente.
¿¿¿Cómo??? ¿Qué Conchita Martínez fue campeona de Wimbledon en 1994? Pero no habíamos quedado que desde 1966, ningún “español” había ganado este trofeo. A mí el apellido Martínez me suena como de aquí, pero investigo. Efectivamente, Conchita nace en Monzón (Huesca). A lo mejor es que Monzón se ha segregado de España y ha pasado a ser una república Báltica y yo no me he enterado.
Reconozco que lo vi todo rojo y me puse como una moto: ¡Machistas! ¡Mal educados! ¡Qué poca sensibilidad! ¡Qué falta de respeto!... estando allí presente la muchacha. Y es que no entendía nada. Me explico. Meses atrás, nos tiramos de los pelos porque una ministra osó decir “miembras”. Esto desata una monumental y ridícula polémica que dura varios días. Amablemente, los sabios de la RAE y también algunos escritores del ala izquierda, que eso duele más, nos explican que el masculino es inclusivo, que se utiliza de forma genérica, que como nos ponemos algunas por este tipo de tonterías… O sea que en el ámbito deportivo cuando se dice español, es español y no española.
Conchita Martínez soportó durante las cuatro horas y pico que duró la final, el peloteo babosillo de los comentaristas que estaban emocionadísimos con la posibilidad de que, después de 42 años, la España masculina consiguiera el tan ansiado trofeo. No nos confundamos que una copa no es igual que una ensaladera. Y es que cuando conviene, se diferencia escrupulosamente entre hombres españoles campeones y mujeres españolas con ensaladera… Porque lo de la copita para ellos y la ensaladera para ellas, tiene miga.
Lo de Wimbledon es fuerte. Resulta que a los hombres sólo se les nombra por su apellido y a las mujeres se les añade “Miss” o “Mrs”. Pero, bueno ¿esto qué significa? ¿Que todo el mundo tiene que enterarse si están libres o ocupadas como los taxis?. Pero el colmo de los colmos es el nombrecito que le dan a la puñetera ensaladera, "Venus Rosewater Dish", que significa El Plato de Agua de rosas de Venus ¡Serán cursis!
En fin, no comment, como dirían los británicos, ¿o las británicas y los británicos?, ¿o la ciudadanía británica?… Y es que estoy con este tema del lenguaje inclusivo, como dice el bolero, algo perdida, sin rumbo y en el lodo…
Y ante la pregunta clave, ¿nos vamos de copitas o nos hacemos una ensalada aquí en casita? Respuesta correcta: Conozco un bar de copas donde hacen unas ensaladas… Siempre en contra de la exclusión, queridos y queridas.

lunes, 11 de agosto de 2008

¡Qué vida más cabrona! (Cápitulo IX y último)




Está reunida la Comisión de Convivencia del instituto para estudiar el caso de Jonatan. La reunión tiene lugar en el Paraiso, un despacho del centro desnudo y frío; con las paredes arrasadas y blancas; un armario cerrado de madera de media altura, color crema y con los cantos verdes, en cuya parte superior yacen desordenados unos boletines oficiales ya amarillentos; dos mesas de reunión alineadas con la superficie de color verde y patas cilíndricas amarronadas; y una docena de sillas metálicas tapizadas de loneta -para no desentonar- verde también. El despacho está al final de un pasillo alicatado con azulejos, verdes, en el que hay una zona en la que éstos están sujetos a la pared por un tornillo tirafondo, una peculiar manera de adherir la loseta y que simboliza una especie de solución final ante la relativa resistencia de los materiales o ante la malévola curiosidad de los estudiantes. Una puerta de madera, también verde, permite el acceso al lugar de la reunión. En el muro que hay frente a la puerta, como dos ojos de gigante, encontramos dos grandes ventanales con persianas de tambor que curiosamente no son verdes. La orientación al norte del despacho le proporciona un plus de frialdad y humedad que lo hace poco confortable a estas horas de la mañana en las que el tímido sol de noviembre es más agradecido con las zonas orientadas al punto cardinal opuesto. Cuatro tubos fluorescentes dobles complementan la luz que penetra por los ventanales enrejados y que es entorpecida por una pantalla verde formada por dos ajados árboles del amor y un enhiesto árbol del cielo, un ailanto altísimo, circunstancia que ha motivado al profesorado a bautizar la covachuela con ese bíblico nombre.
A la reunión asisten dos profesores, una madre, un estudiante, el director y María, la jefa de estudios. En este momento toma la palabra D. Francisco Javier, un catedrático de ciencias, próximo a la jubilación y que lleva en el instituto casi desde su creación. Es robusto y de mediana estatura, pelo cano y raya al lado, bigote hirsuto y diminuto que contrasta con una abundante humanidad, nariz prominente y ojos severos de color marrón. Viste una chaqueta gris, debajo de la cuál se observa un jersey azul de pico del que sobresale el cuello de una camisa blanca, unos pantalones de pinzas de tela de color oscuro completan su formal indumentaria. Con voz engolada, afectada y fina comenta:
- La presencia de este alumno en el instituto perjudica a los demás. Es un delincuente que roba y maltrata a sus compañeros, una manzana podrida que echará a perder a otros. Un muchacho así no está en sus cabales, algo le debe de pasar, seguro, pero no es asunto nuestro atender a un alumno en estas condiciones.
- Como ya sabemos todos, no podemos tomar esa decisión, no está recogida en el decreto de derechos y deberes de los estudiantes -indica María- es un chico difícil, pero hemos de adoptar medidas que no contravengan la ley.
- La culpa de todo la tiene esa dichosa ley, la LOGSE, que juntó a todos los chicos en un mismo instituto sin tener en cuenta sus intereses. Si ni siquiera quieren venir, ellos estarían contentos aprendiendo un oficio y no obligados a asistir al instituto en contra de su voluntad.
- Bueno, bueno, va...vamos al tema que nos interesa, hacer o dis...discutir leyes no es competencia de esta co...comisión -cortó el director, un hombre obeso y de pronunciadas entradas, con voz grave e insegura.
- Tiene que haber centros especiales para estas personas. Yo, como profesor, tengo que enseñar ciencias, pero no es mi obligación educar a los alumnos..., para eso están los padres -Insiste D. Francisco Javier.
- Presentaré brevemente el problema y a continuación cada miembro de la comisión que lo desee podrá intervenir para exponer su punto de vista respecto a la situación que nos concierne -interviene María con objeto de evitar que la reunión derive y se pierda el tiempo. La madre de Jonatan ha sido citada pero hasta el momento no ha comparecido. Continúa María con su informe:
- Ya saben lo sucedido, Jonatan viene a clase sin materiales, a veces llega tarde y también hace rabona; hay bastantes quejas de compañeros, incluso mayores, que dicen que se mete con ellos, los insulta, empuja y amenaza; también se acumulan quejas de la mayoría de los profesores diciendo que no trabaja en clase, desobedece y los desafía, con frecuencia es expulsado de clase; por último, ayer, le quitó con amenazas un anillo a un niño de primero. Hay testigos que corroboran que esto es verdad, aunque él no acaba de reconocerlo. Ya ha sido expulsado en una ocasión, aunque sólo durante tres días, por iniciativa de la dirección del centro y por acumulación de partes de sanción.
- Yo pienso que no está para que lo tengamos aquí en el instituto y opino que hay que expulsarlo definitivamente -insiste el catedrático de Ciencias con una tenacidad que ya la quisieran muchos científicos.
La otra representante de los profesores levanta con timidez la mano derecha pidiendo con su dedo índice la palabra. Es una chica joven, algo menor de treinta años, profesora de Lengua, con el cabello muy corto y una cara regordeta y agradable en la que se dibujan unos ojos negros grandes rodeados por cejas y pómulos acentuados.
- ¿Conocemos las circunstancias de este chico? ¿Tenemos idea de sus condiciones de vida? No estoy totalmente de acuerdo con Francisco Javier, pienso que antes tenemos que intentar algo, saber qué le pasa, por qué actúa así. Yo propongo que lo derivemos a la orientadora y a los Servicios Sociales.
- Son ganas de perder el tiempo. El que nace lechón muere cochino. Y éste es un malvado que no tiene solución. No sé por qué tenemos que soportar estas situaciones. Este niño tiene que estar en un colegio especial donde sepan abordar su problemática. Hay que echarlo. Insiste el catedrático.
- ¿Y la representante de los padres qué opinan? Dice María.
Sara es madre de una alumna de tercero de secundaria. Bajita, gordita y muy expresiva. Ojos vivos y oscuros, cara redonda y pelo rizado. Treinta y nueve años, de los cuales quince como ama de casa en un hogar de clase media seguro y confortable. Es una mujer sencilla y sensible, pero que no está habituada a comportamientos tan extremos como el que aquí se juzga.
- Ya sabéis que nosotros apoyamos a los profesores. Estos problemas nos sobrepasan. Todos los niños tienen derecho a la educación, pero los demás también tienen derecho a poder tenerla y a que nadie los maltrate o agreda mientras están estudiando. No se puede permitir que alguien pegue o robe a otros. Por otro lado, si se puede hacer algo por este chico que se haga: hablar con la familia, pedir a la orientadora o a los Servicios Sociales que intervengan, cualquier cosa.
- ¿Y el representante de los alumnos?
Eduardo es un estudiante de 2º de Bachillerato aplicado y formal a quién el director animó a presentarse en las elecciones al Consejo Escolar del instituto al no haberse presentado nadie como candidato al mismo. Delgado y con una melenita a lo príncipe de Beukelaer de color castaño claro. Los ojos pequeños y caídos se hunden aún más en un rostro salpicado de granos como un higo chumbo. Buen estudiante, está destinado a ser ingeniero cumpliendo las expectativas de sus padres. Nunca se ha metido en líos y todos reconocen sus méritos estudiantiles.
- Yo pienso como don Francisco Javier, hay que echarlo porque no se porta bien y trata mal a los otros niños. Está siempre buscando pelea por los pasillos o en el patio. Si le da la picá te empuja o te escupe sin venir a cuento. Va de chulito. Si se va estaremos más tranquilos todos.
- Bu...bueno, oída la Co...comisión, yo propongo que se expulse a este alum...no por un periodo de quince días lec..tivos. Así estaremos tres se...semanas descansan...do de él. Sentenció el director con su voz ametrallada.
María propuso también que se derive su caso a la orientadora y a los Servicios Sociales para ver si se puede mejorar su comportamiento a través de la intervención familiar. Nadie objetó nada. Sólo don Francisco Javier hizo constar por enésima vez, que a él el castigo le parecía insuficiente y que había que pasar el caso a la Delegación para que le buscaran un centro especial.
Se levantó la sesión y se formaron dos corrillos donde continuaron comentando lo tratado en la reunión que acababa de finalizar. María se marchó sola por el pasillo verde, alejándose del Paraíso, mientras reflexionaba sobre la decisión que acababan de adoptar. Sólo servirá para tener unos días de tranquilidad sin su molesta presencia, pero nada más. A lo mejor es que sólo eso se puede esperar de una situación así.

Los primeros días después de la expulsión, Jonatan siguió acudiendo al centro y antes de comenzar las clases se colaba en el instituto y realizaba actos vandálicos: se dedicaba a descolgar las pizarras, a tirar alguna silla al exterior desde las ventanas de los pisos altos, a romper grifos de los servicios... El día que le comunicaron la expulsión y que no lo dejaron entrar en el instituto, descargó toda su ira y su rencor apedreando salvajemente las ventanas del centro. Lo vieron con gesto desafiante y enojado arrojando piedras con toda su rabia y gritando: cabrones, cabrones, cabrones... María, sentada en su despacho delante del ordenador, contempla el madroño que hace guardia frente a su ventana con ojos apesadumbrados. Una lluvia ligera de otoño humedece el pavimento y entristece la mañana. Algunas lágrimas furtivas se asoman a sus ojos inocentes mientras piensa: ¡Qué vida más cabrona!



Relato corto: El sol negro

Escrito por Martín Almodóvar

domingo, 27 de julio de 2008

Los pollos (Capítulo VIII)

Jonatan e Isco están en la casa de éste último, en el patio, donde éste tiene unos jaulones en los que cría a los pollos que serán futuros gallos de pelea después de casi un año de cría. Isco le explica que tiene que ponerlos separados ya que si los deja juntos se pelean entre sí, pues son animales muy fieros y pueden llegar a matarse. A Jonatan le gusta uno que le parece muy bonito con la cresta corta, el pecho ancho y recubierto de plumas de color naranja, el cuerpo con plumas de varios tonos de marrón y blancas, y una cola abanicada negra y erguida.
- Que pinta de chulo tiene este, le comenta a Isco.
- A este le llamo Pokemon, es de raza inglesa y es el mejor que tengo. Me costó 75 euros cuando tenía 5 meses y tuve que ir a Jerez por él. Me llevó un amigo. No veas que guai, killo.
- ¿Y qué les das para comer?
- Les doy trigo, maíz, fruta, yogur, lechuga y, dos veces a la semana, carne y pescado triturado.
- No veas, killo, comen de lujo. ¿Y los entrenas?
- Pues claro, los saco cada día y los pongo a correr para endurecer sus patas, los hago volar para que cojan fuerza en las alas y les doy friegas con alcohol en los muslos. También los arrojo hacia atrás para que aprendan a caer.
- ¿Y los llevas a luchar?
- Claro, killo, para eso los crío, pero tienen que tener una edad y un peso para luchar.
- ¿Y las peleas dónde son?
- Las peleas son en el terreno del Palomo y se juntan muchas personas. Vale cinco euros la entrada. Cuenta Isco, experto en pollos de pelea y en sus intríngulis. El reñidero, es un círculo grande con esterillas separado de las gradas por una batayola de madera. Cada pelea dura media hora. Hay apuestas entre la gente y algunos se juegan mucho dinero, Isco ha visto apuestas de hasta tres mil euros, aunque lo normal es que se apueste entre 20 y 100 euros.
- Entre nosotros, los chavales, echamos también peleas en el patio trasero del colegio abandonado. El año pasado me mataron un gallo muy bueno, iba ganando la pelea, ya tenía al otro picoteado y prácticamente vencido, pero el otro se repuso y en un salto le clavó el espolón en el ojo a mi gallo y lo dejó listo. No veas la sangre que echaba.
Estuvieron la mayor parte de la tarde con los gallos, Isco introdujo a Jonatan en este mundo clandestino, las peleas están prohibidas, pero que como otros muchas actividades del barrio se desarrollaban de forma habitual como un mundo dentro de otro mundo, una especie de Parque Jurásico marginal y algo más salvaje.




Relato corto: El sol negro
Escrito por Martín Almodóvar

martes, 8 de julio de 2008

Julia (Capítulo VII)

Jonatan ha quedado con Isco para ir a ver sus pollos de pelea. Pasan por la acera de enfrente del Centro de Salud y desde allí observan como en la entrada de los aparcamientos la madre de Jonatan, Julita, está hablando con el “Trompa”, un colgao del barrio con “mala pinta”. Parece que disputan por algo que ella guarda con diligencia en el bolso para que el otro no se lo arrebate. El Trompa se abalanza sobre Julita y le agarra el bolso mientras ella tira fuerte de éste para evitarlo. El colgao le levanta la mano, amenazante, y en ese momento Jonatan corre hacia ellos gritándole al Trompa que lo va a matar. Lo empuja con todas sus fuerzas, lo derriba y, una vez en el suelo, le despacha varias patadas en el cuerpo que lo hacen gemir.
- ¿Qué pasa, tío?, dice arrastrando la ese con exageración. Tranqui, tronco, que no pasaba na. Que te lo diga ésta. Se defiende mientras engurruñe su cuerpo en el suelo flexionando manos y pies en actitud defensiva.
- Te voy a matar, cabrón, como vuelvas a tocar a mi madre. Le dice Jonatan mirándole fijamente con la lengua apretada contra los dientes y jadeando por el esfuerzo, manteniendo la pierna derecha alzada para endosarle otro puntapié.
- Que no tío, que te equivocas. Que no es lo que parecía. Díselo tú Julita, que somos colegas, joder. Que no te quería quitar el bolso, sólo era para que me dieras la mitad de las pastillas como acordamos entre nosotros. Díselo al niñato éste para que me deje tranquilo y no me pegue más.
Jonatan deja caer el pie sobre el muslo derecho del Trompa y éste se queja por el nuevo golpe. Julita, se pone entre ambos y aplaca a su hijo. Jonatan la mira y le aumenta la rabia al verla como va, pues piensa que va pintada y vestida como una puta. Los ojos de Julita están torpe y burdamente pintados de negro, la boca carmín, las mejillas exageradas de colorete, el pelo teñido de rubio platino recogido en un moño alto, un breve y estrecho top negro le cubre los desmadejados pechos dejando a la vista la carne blanca y algo fofa que rodea la cicatriz del ombligo, una chaquetita corta y un pantalón vaquero muy ceñidos completan su indumentaria.
- Déjalo, Jonatan, por lo que más quieras. No es lo que piensas. No te metas en mis cosas.
- ¿Qué no me meta en tus cosas? Pero si te estaba pegando... Contesta iracundo.
- No ha sido así. Ha sido un malentendido. Tenemos negocios a medias y a veces discutimos, pero no pasa de ahí. Tranquilízate, cariño. Le dice Julita endulzando el tono.
- Esta vez se quedará así, pero te juro que si tocas a mi madre te parto la cabeza y no lo cuentas, comemierdas. Le dice al Trompa mientras lo amenaza con el dedo índice de su mano derecha. ¿Entendido?
- Vale-, contesta éste al tiempo que se levanta del suelo y se tienta el cuerpo doliéndose de las patadas que ha recibido.
Jonatan se agacha para recoger una cajita blanca que contiene un bote de trankimazín. Con la mirada interroga a su madre.
- He ido al médico para que me recete estas pastillas que me van muy bien cuando me encuentro decaída y sin fuerzas para levantarme. Se justifica Julita ante Jonatan.
- ¿Te crees que soy tonto? ¿Qué no sé para que sirven?
- Jonatan, yo no me meto en tu vida, así que tú no tienes por qué meterte en la mía. Déjame tranquila y vete ya. Le dice muy seria y con gesto hostil.
Jonatan da media vuelta y se va con el Isco por donde había venido. Le duele que su madre lleve esa vida que le golpea en el fondo de su corazón. Aunque joven, ya tiene experiencia en el mundo de las drogas, como consumidor no ha pasado de algún que otro porro y pelotazos de alcohol sobre todo cuando sale con su banda los fines de semana. Sin embargo, en el barrio se consume de todo y hay que ser ciego para no saber de las mierdas que circulan por aquí. Jonatan no es tonto y sabe cómo se utiliza el trankimazín, el rohypnol o el rubifén y los efectos que producen.
Julita, después de consumir muchas sustancias, prefiere el rubifén, especialmente desde que ha encontrado una farmacia en la que no le ponen problemas para adquirirlo. Acostumbra a tomar entre cincuenta y sesenta miligramos diarios, se lo traga preferentemente, aunque a veces también lo esnifa. Prefiere las anfetaminas porque son legales y cuando trapichea pierde el miedo a que la pasma la detenga. Además son más baratas que otras drogas, sobre todo con receta, una caja de rubifén de 30 pastillas sale por menos de diez euros y la sustancia no está cortada con porquería como la cocaína. Julita ha llegado a economizar su uso potenciando su efecto con la cafeína, así se toma primero un café bien cargado y, después de un rato, se toma una pastilla de diez miligramos o la mitad, depende de como tenga el día. Esto le ayuda a ver la vida con mejores ojos, a sentirse más a gusto y a encontrar el ánimo que necesita para tirar hacia adelante. La verdad es que su vida no ha sido, ni es, fácil. Su matrimonio fue un infierno, sufrió los malos tratos de su marido desde que eran novios, pues antes de casarse ya él le impedía a ella que se pusiera la ropa que deseaba y cuando la dejaba en el domicilio de sus padres, él volvía a salir con sus amigachos de juerga. Tras la boda, empezaron los insultos y, poco más tarde, los primeros golpes, incluso mientras estuvo embarazada de Jonatan. Cuando éste nació, poco antes de cumplir años, los abandonó a los dos. Se fue con otra y, desde entonces, no se ha vuelto a ocupar de ella ni del niño. Julita ha tenido otras parejas, pero la historia de su matrimonio se repetía, ha llegado a pensar si es ella la que tiene un bajío y no está hecha para vivir con un hombre.
Relato corto: El sol negro
Escrito por Martín Almodóvar

domingo, 6 de julio de 2008

Una vida difícil (Capítulo VI)




“Ya son sesenta y dos las mujeres asesinadas en lo que va de año a manos de sus parejas”, la voz del locutor del telediario amplia el titular de la noticia mientras aparecen imágenes de un charco de sangre en la puerta de un bloque de pisos, unos vecinos que comentan brevemente el trágico suceso para las cámaras de televisión y el ataúd de la asesinada en el momento en que es introducido en el furgón mortuorio. Durante ese minuto, el tenedor con un trozo de chuleta de cerdo y patatas se le ha quedado a Jonatan suspendido en el aire sin llegar a su destino. Al finalizar la noticia, ha continuado engullendo la comida sin emoción, mecánicamente, y con la velocidad de un destajista. Está sólo en el pequeño salón-comedor, sentado en una mesa con un hule de plástico con dibujos de frutas, una lata de cola, sin vaso, y un plato llano que contiene la carne con patatas que come un día sí y otro también. Sobre la mesa, reposa con desaliño un paño de cocina de color oscuro, igual que los pensamientos que de manera oportunista están pasando por su mente a gran rapidez, como en una película de cine mudo. “Algo le habrá hecho al marido..., todas las mujeres son unas putas..., yo no me voy a casar nunca, pero me follaré a todas las que pille...”. Acaba su comida coincidiendo con la salida de su abuela de la pequeña cocina recién recogida.

- Tomate una fruta Jony, hay unas naranjas muy buenas del Tesorillo.
- Déjame abuela, no quiero postre. Me voy a ir que he quedado con mis amigos. ¿Y mi madre, donde está?
- Ha ido al médico para que le recete unas medicinas.
- ¿Cuándo volverá?
- No lo sé, pronto, no creo que tarde mucho.
- Bueno, me voy.

Jonatan abre la puerta y sale, mientras la abuela recoge con parsimonia el plato que ha dejado abandonado con los restos generosos de dos chuletas y de aceite, testigo mudo de la existencia de la ración de patatas fritas que tanto le gustan a su nieto, los útiles y la lata de cola. No dice nada, aunque le gustaría que Jonatan estuviese más tiempo en la casa. Tiene la certeza de que en la calle no aprenderá cosas buenas y sabe que en este barrio, como ella acostumbra a decir, “hay mucha maldad”. No obstante, Carmen es una mujer cansada que ha asumido con resignación su papel de perdedora en esta vida. La muerte de su hijo pequeño y “el problema” de Julita, la madre de Jonatan, la han sumido en una cruel derrota de la que es incapaz de sobreponerse. Por eso, las circunstancias de Jonatan la dejan ya indiferente y sólo fía al azar su imprevisible futuro. Es un fantasma cansado que ahorra las escasas fuerzas que le restan para luchar por su hija y para no repetir la terrible experiencia padecida con su hijo pequeño. Piensa que no podría llegar ahí, se dejaría morir antes. A veces, recuerda sus momentos de juventud, mientras aparenta estar viendo la novela o “el tomate”: Recién llegada del pueblo con sus padres, tenía doce añitos; los primeros tiempos los pasó de criada, limpiando miserias ajenas, con las manos rojas de restregar el trapo de fregar y de lavar las ropas de unos y de otros. Sin embargo, este pueblo en aquellos años tenía una gran vitalidad gracias a Gibraltar. Había más cabarés, teatros y cines que en muchas capitales de provincia. Ella no sabía esto porque hubiera viajado, simplemente lo oía decir a los amigos de su novio, después el “descansao” de su marido, que Dios lo tenga en su santa gloria. Manuel, que así se llamaba, no era mala persona, nunca le pegó ni le levantó la voz, pero no era un hombre resuelto que se desviviera por buscar las habichuelas para su casa. No. Trabajaba aquí y allá, en lo que le salía y nunca juntaba un duro. No fue capaz de meterse a trabajar en la colonia, con el buen dinero que se ganaba entonces allí y con el trapicheo proveniente de las cuatro cosas que se sacaban como se podía. No pudimos salir de las dos habitaciones del patio de vecinos en las que vivimos los cinco hasta que nos dieron este piso de Las Palomeras. Y eso que se nos caía el techo encima, yo tenía miedo por mis hijos. Si es por mí, que se hubiese caído, sufrimiento que me habría ahorrado. Y si es por él, igual, total para lo que me sirvió, para hacerme tres barrigas y dejarme cuando más lo necesitaba. A ver, que venga Dios y me diga si no tengo razón. Y venir aquí fue como llegar al infierno. En los años ochenta esto era un hervidero de droga, casi igual que ahora, pero mucho más descarao. Sólo que antes dominaba la heroína, el caballo como le decían, y esa droga mató a mi hijo. Le quitó la voluntad y el cariño por la familia. Un día vendió hasta el televisor para chutarse. Hay que ver lo que pasé. No sé como Dios me dio fuerzas para resistir. Y al final, cogió el SIDA y se me quedó chupao, como un cadáver andante. Menos mal que se murió, que Dios me perdone, pero fue lo mejor para todos. A menudo, como una tortura, estos y otros pensamientos persiguen a Carmen por la casa. La televisión es lo único que la distrae, menos cuando sus ojos se quedan fijos en un punto y en su cabeza se arremolinan todos sus fantasmas que parecen que estén deseosos de salir e invadir su mente. En ocasiones no sabe si está viva o muerta y llega a creer que han venido a buscarla para dejar esta vida que tan adversa le ha sido a ella y a los suyos. Por eso cree en Dios y lo tiene tan presente en sus pensamientos, como una hipoteca que le garantizará la felicidad que no ha conseguido en esta vida.

Relato corto: El sol negro

Escrito por Martín Almodóvar

viernes, 4 de julio de 2008

Una fama bien ganada (Capítulo V)



Al final de la mañana se encuentra, como ayer, en la Jefatura de Estudios delante de María. Jonatan jura “por su hermano chico” que no ha hecho nada, que la tienen tomada con él, pide que le lleven allí a quién se ha chivado para que lo acuse delante de él: No he sido yo quién le he robado el anillo a ese niño. Que me lo diga a mí a la cara -protesta de forma airada cuando María le informa de lo que se le acusa. Ésta le pide que le dé el nombre del chico que lo acompañaba, ya que el estudiante de primero al que le han robado el anillo no lo ha reconocido. Le dice que sabe que ha hecho rabona de la clase de Inglés y que estaba con otro escaqueado en los servicios de niños cuando ha ocurrido el incidente. Jonatan acaba reconociendo que estaba escondido en los servicios y que había otro chaval allí con él, pero niega que él haya sido el que le ha quitado el anillo al niño de primero y que no dirá el nombre del otro porque él no es un chivato. Aprieta los labios y los dientes para evitar que las palabras que María desea escuchar puedan salir por inercia de su boca, frunce el entrecejo como un inocente ofendido y entrecruza los brazos enrocado en su posición frente a las palabras de María. Ésta lo amenaza con llamar a su madre y con reunir a la Comisión de Convivencia del instituto que sólo se reúne para los casos más graves y que es como un tribunal en el que están representados los padres, los alumnos y los profesores. De repente, el gesto hosco y ofendido que hace unos minutos dominaba la cara de Jonatan se transforma en una expresión apenada, sembrada de mohines y pucheros. Es otra persona diferente. María vuelve a sentirse conmovida por las expresiones y palabras de Jonatan cuando le pide que no hable con su madre porque está ingresada en el hospital y se llevará un gran disgusto. Jura y promete, como otras veces, que es inocente y que va a pagar por algo que él no ha hecho. Le reprocha que como tiene la fama ganada cualquier cosa que ocurra se la adjudican a él “por la cara”.
Relato corto: El sol negro
Escrito por Martín Amodóvar

miércoles, 2 de julio de 2008

El Isco (Capítulo IV)



Como a menudo, llega tarde y no trae justificante. Tiene que esperar hasta la hora siguiente. Allí se encuentra con Isco, uno del barrio un año mayor que él y que acude sólo de vez en cuando a clase. Se dan la mano realizando un peculiar saludo, cogiéndose del pulgar y moviendo las manos a derecha e izquierda, al tiempo que se intercambian un “que pasa killo”. Jonatan le pregunta que por qué viene al instituto, que hacía tiempo que no lo veía por aquí y que pensaba que se había quitado. Isco le explica que su madre necesita un certificado de asistencia para cobrar el salario social y que no ha tenido más remedio, que vendrá al menos unos cuantos días hasta que le den el papel que su madre precisa y luego dejará de venir. Jonatan le pregunta por sus gallos de pelea, pues Isco es un gran aficionado a estos animales. Éste le explica que está criando unos pollos ingleses muy buenos que ha comprado en Jerez y que le han costado 300 euros. Isco el de los pollos habla con un ligero tartamudeo que dificulta su expresión, pero no manifiesta ningún complejo por ello, demostrando una naturalidad fundamentada en un temperamento impulsivo y en un carácter duro y bronco. De tanta afición a los gallos de pelea ha conseguido parecerse a ellos, tiene el cabello rapado por los lados y el pelo de la parte superior de la cabeza encrestado a fuerza de gomina, su cuello es delgado y largo, de cuerpo menudo y de brazos cortos. Sólo habla de gallos de pelea, de cómo los entrena y cuenta los combates en las que participa directamente con sus gallos o de miranda en galleras clandestinas. Jonatan e Isco quedan por la tarde para que éste le enseñe los pollos que cría y entrena para la pelea. Toca el timbre que marca el paso de las horas y el cambio de asignaturas y profesorado en el instituto. Ya pueden entrar. Lo hacen ambos con las manos en los bolsillos, pues no acostumbran a traer libros ni maleta, como mucho guardan un mínimo lápiz en algún lugar de su vestimenta. Las hojas de papel para escribir ya se las dará alguien, no faltará quién lo haga.
Hoy las clases no son diferentes a las de los otros días. Ha aguantado en clase con dos profesores las dos horas siguientes, hasta el recreo. Este periodo es su preferido del tiempo que pasa en el instituto, por varios motivos: por los bollos de la cafetería, porque está con los colegas y porque se siente libre de la presión de los maestros que, en su opinión, están siempre detrás suyo queriendo que trabaje y que haga lo que ellos quieran. Hoy, después de comerse un bocata de lomo con mayonesa y ketchup y beberse una coca-cola se ha comprado para postre cinco vampiros, un paquete de pistolines y una bolsa de gusanitos y aún le han sobrado unos céntimos de los tres euros diarios que trae para gastar. Ha permanecido la media hora del recreo con su colega Isco, el de los pollos de pelea, en una zona del patio al resguardo de miradas no deseadas, pero que a su vez resulta un buen observatorio desde donde controlar la parte principal del patio. En este lugar hay sembrados varios naranjos agrios dentro de unos arriates circundados por matas de tuya podadas de forma pareja a una altura de poco más de medio metro y que forman un codo con uno de los muros que rodean el centro. Este sitio es el preferido por los alumnos cuando quieren escaparse antes de que finalicen las clases, pues la tapia es más fácil de atacar desde el interior y da a una calleja poco transitada y alejada de miradas indiscretas. A este emplazamiento acuden muy pocos chavales y si algún incauto se pierde por aquí rápidamente aprende que no ha de volver a hacerlo, pues se puede llevar un naranjazo además de una retahíla de insultos, empujones y collejas. El patio de los naranjos es la república independiente de la “mafia”, como les gusta llamarse entre sí a los que lo frecuentan en régimen de casi monopolio. Así que aquí suelen acudir los colegas del barrio, los más peritas, los que constituyen grupos o bandas organizadas a través de una red de relaciones afectivas y de solidaridad interpersonal y que consumen las tardes por la barriada al arbitrio de sus impulsos. Los chicos de esta parte del patio se reconocen por su pinta: pelos coloreados o atigrados, pelados tipo “marine” o cepillo, melena larga o tipo “lolailo” corto por arriba y con mechones largos que nacen en el cogote; las chicas por sus desafiantes colas y moños altos y por sus felpas; y unos y otras por ser portadores de pendientes, piercing e, incluso, algún tatuaje más o menos discreto. Toda esta parafernalia simboliza la libertad de que disponen y que es envidiada por muchos de los otros chicos sometidos a un mayor control de sus padres.
Cuando ha finalizado el recreo, Jonatan e Isco se han quedado en el patio escondidos entre unos macizos de lantana y unos mióporos que hay en otra zona aún más apartada de la vista del profesorado de guardia. Han esperado allí hasta que han salido al patio los de la clase de Educación Física para realizar “deporte libre” y se han escabullido entre ellos hasta llegar a los servicios. Allí se encierran en un retrete e Isco saca un cigarrillo rubio que tiene escondido en el calcetín junto a un mechero clipper. Lo coge entre sus dedos índice y pulgar, lo deposita entre sus labios y le acerca la llama, aspira y deja salir lentamente, con aire experto, el humo por la nariz. Después de dos caladas, le pasa el pitillo a Jonatan que repite la operación y pasa a continuación el cigarro a su compañero. Uno y otro se intercambian el cigarrillo entre sí como buenos colegas. Con los hombros apoyados en la pared y las piernas cruzadas disfrutan de un breve momento de libertad clandestina, como presos privilegiados que consiguen un paréntesis en su condena. Acabado el cigarro, salen del retrete y se entretienen charlando o asustando, según les parezca, a los otros chicos que aparecen con alguna necesidad más o menos urgente por esta zona discreta del instituto. Les insultan llamándolos pringaos o mierdas y les reparten empujones o collejas a discreción. La mayoría de estos chicos agachan la cabeza y se van, incluso sin realizar aquello para lo que iban allí. Antes de perderse en el mundo frío y desvalido de los pasillos les amenazan con pegarles si cuentan algo a los profesores.




Relato corto: El sol negro
Escrito por Martín Almodóvar

domingo, 29 de junio de 2008

La abuela Carmen (Capítulo III)



Llega a casa de su abuela Carmen y la encuentra sentada frente al televisor observando lo que ocurre en el programa de Gran Hermano al que se ha aficionado y sigue diariamente. Conoce al dedillo la vida de estos personajes que venden su intimidad por llegar a ser famosos y reconocidos cuando salgan a la calle. No serán famosos por hacer algo importante para los demás sino por criticar, insultar y despellejar a sus compañeros. Pero a ella le gusta, se sienta en su raído sillón y, sin esfuerzo, se empapa de la ración diaria de odios y traiciones. Carmen es bajita y regordeta; tiene el pelo cano recogido por un moño; su carácter es vivo, aunque se le nota el cansancio a la legua. Su marido murió hace seis años y la dejó viuda, con dos hijas y un hijo. El menor murió de SIDA hace ahora dos años y es el responsable de la mayoría de sus arrugas y de la desilusión que emana de sus ojillos claros. La mayor está viviendo con su marido en Barcelona desde que se casó, va para cinco años ya, poco después de que faltara su padre. Y la mediana, Julita, la madre de Jonatan, vive con ella desde que el marido la abandonara embarazada. Abuela, ¿mi madre ha vuelto ya? Carmen niega con la cabeza, con un gesto mecánico y preocupado. ¿Ni tampoco ha llamao? Suena un “no” arrastrado de la abuela, pero no dice nada más. Guarda silencio y sigue mirando la pantalla con ojos transparentes. No obstante le quedan fuerzas para reprocharle a Jonatan que ha estado fuera toda la tarde sin aparecer por la casa. No has merendado, le dice. Abuela, no tenía hambre. ¿Dónde has estado, sinvergüenza? En la calle abuela, que pesada eres, siempre preguntas lo mismo. Y tú, siempre me respondes igual. Entonces, ¿pa que me lo preguntas? Si sabes lo que te voy a contestar. ¿Has cenado? Sí, me voy a acostar, estoy cansado. Se mete en su habitación, se introduce en la cama y enciende la televisión. Busca con el mando a distancia el programa que quiere ver y se deja adormecer por una emisión de anuncios entrecortada a veces por una película. Se le abre la boca y cierra los ojos. Lucha por mantenerse despierto, pero los párpados parece que son de cemento. El forcejeo se mantiene durante diez minutos más, pero al final, como un guerrero extenuado, se rinde al sueño. En su mente, como un ascua solitaria, lucha por no desaparecer la preocupación por su madre.
Una sacudida suave, pero contundente, de una mano pequeña y regordeta saca a Jonatan del sueño erótico que estaba disfrutando con “la viuda de blanco”. Me cago en la puta, exclama para sí. De esa forma manifiesta su frustración por el apetecible desenlace del sueño perdido mientras se tapa la cabeza con la cobija de la cama. Permanece unos segundos en posición fetal pensando que hoy no ha tenido las pesadillas que habitualmente le angustian. Mejor, piensa. A continuación despide con un brusco movimiento de manos y pies la sábana y manta que lo protegen del leve frío otoñal y de la humedad del tiempo de levante. Coge del suelo los pantalones, la camiseta y el jersey que anoche se quitó y se los pone mecánicamente mientras murmura entre dientes: Y no le caerá una bomba a la escuela, maldita sea... Tengo que levantarme tan temprano y hacer lo que los maestros quieran. Y la peor de todos la “Pelua” que está dale que te pego con las tablas y con las divisiones como si fuera un niño pequeño. La odio. No me deja tranquilo, siempre gritándome y echándome de clase. Un día de estos va a tener un problema serio conmigo. La voz de la abuela que lo llama para desayunar lo saca por un momento de su reconcomio. No puedo abuela, se me hace tarde. Me tomaré un bollo en el instituto. Bebe de pie la taza de café negro que Carmen le ha preparado y coge los tres euros que ésta le ha dejado sobre la mesa. Antes de salir, se aproxima al dormitorio de su madre y comprueba que se encuentra allí convertida en un ovillo informe debajo de una manta. Esto lo tranquiliza y suaviza el mal humor con el que se ha levantado. La besa en la frente con cuidado de no despertarla, cierra con suavidad la puerta de la habitación y se marcha al instituto.



Relato corto: El sol negro
Escrito por Martín Almodóvar

viernes, 27 de junio de 2008

El barrio (Capítulo II)

Jonatan, en ese mismo momento, se encuentra en su barrio rompiendo los últimos cristales de un pabellón polideportivo que, a pesar de haber sido construido hace diez años, nunca ha sido abierto para el disfrute de los habitantes de su degradada barriada. Hay que decir que si bien no ha sido usado, sí ha sido inaugurado en los días previos a una de las frecuentes campañas electorales de la época. Hubo discurso del Alcalde “Presunto” (llamado así porque hasta ahora en sus múltiples experiencias judiciales no ha pasado de ahí) y hasta el arcipreste de la localidad distribuyó agua bendita por las instalaciones y ofreció la complicidad divina a los representantes del César inmobiliario. Después de diez años cerrado, se puede decir sin faltar a la verdad que ni dios ha jugado ahí, a pesar de la intermediación de su representante en la ciudad. Pasada la campaña electoral nadie se volvió a acordar del polideportivo. Y es que hay personas y barrios que están olvidados de la mano de Dios e incluso de su arcipreste en la ciudad. Jonatan compite con otros chavales por ser el que más puntería demuestra, con una frenética actividad y celebrando con gritos y saltos sus aciertos. Jonatan insulta y empuja a sus colegas si éstos le discuten su primacía vandálica. Son amigos, pero él quiere dejar bien claro “quién manda” en la banda.
Cerca de allí, a no más de quince metros, un grupo de abuelos observa la escena y no parece importarles mucho lo que estos cachorros hacen. Contemplan el episodio con la naturalidad de lo cotidiano y con la insensibilidad que producen las noticias de los telediarios. Ni un reproche, ni una censura, ni una palabra, ni un gesto reprobatorio. Todo lo más, un comentario al margen para ilustrar el incívico esfuerzo: los chavales de hoy no saben ni tirar piedras.
En la parte trasera del edificio, semiocultos, cinco jóvenes fuman hachís y hablan de los trapicheos de la jornada. Mientras los demás fuman, uno de gafas y ojos extraviados está afanado liando un petardo de considerables dimensiones, el papel de liar Smoking y un paquete de rubio americano al lado de su rodilla izquierda y el mechero clipper al lado de la otra. Está rulando con los dedos la mezcla, tactándola con pericia de experto hasta conseguir la forma deseada. Le inserta la boquilla y de un rápido lengüetazo pega el papel. Lo tantea para terminar de darle forma como un afinador y le hace un moñete final con el papel sobrante. Mientras el de los ojos extraviados termina de hacer el porro, los demás charlan sobre lo buena que está la Jennifer, lo que hace que el manipulador de hachís exhale un exabrupto dirigido contra la tranquilidad de sus progenitoras. Me cago en vuestra puta madre. Lo que levanta grandes risotadas del resto del grupo. A mi hermana la dejáis tranquila, que sea un poco puta ese no es vuestro problema, es pa comer y pagarse sus necesidades. Los demás tranquilizan al Gafas. Tranqui tío, era una broma, y pasa ya ese petardo que me quemao el labio. El gafas pasa el porro con solidaria docilidad y continúan con su cháchara anterior ajenos al entorno.
La luz plomiza de Levante de esta tarde otoñal va siendo lentamente aniquilada por la noche impaciente. El barrio se inunda de oscuridad, apenas alguna bombilla o farola festonean el paisaje crepuscular. Una nueva agitación comienza a suceder entre el contraste de luz que despiden las geometrías de las ventanas y la densa oscuridad del entorno. Cientos de habitantes del barrio, como hormigas programadas, acumulan bolsas de basura, cajas de cartón, restos orgánicos y fluidos corporales entre los contenedores y otros lugares con etiquetas rotuladas que dicen “no arrojar basura”. El barrio se inunda de nuevos olores y algunos individuos rebuscan entre los desperdicios algo de valor para unas vidas sin valor. Las luces de los faros de los coches, con su intermitencia, iluminan de tanto en tanto las calles más transitadas. Jonatan y su banda, el Gafas y sus amigos coinciden en una hamburguesería ambulante que hace negocio en el barrio. Piden, con la soltura que les da la experiencia, su manduca respectiva y se sientan bajo la luz mortecina de la furgoneta. El Gafas se dirige a Jonatan y le propone: Jony, ¿vienes al colegio esta noche?, dice el Chapas que han traído unos ordenadores nuevos... Jonatan sopesa el ofrecimiento del Gafas, pero le dice que no. Venga hombre, no seas cagao si está chupao y podemos sacarnos unos talegos por la cara. Jonatan se reafirma en su negativa. Tengo que irme a casa, esta noche no puedo, otra vez será. Se levanta a medio terminar el bollo de lomo con la coca-cola y arroja el pan al suelo, contra el bordillo de la acera, justo al lado de una papelera huérfana de contenido y deteriorada por el paso del tiempo, la falta de mantenimiento y el maltrato diario. Se aleja con la lata en la mano, bebiendo repetidos sorbos hasta que se cansa y la lanza por encima de una tapia, devolviéndole la noche un ruido encadenado y metálico durante breves segundos seguido de un grito seco: ¡cabrón!. Ni se inmuta, continua andando tranquilo y pensando: Hay que ver como se pone, si sólo ha sido una broma.

Relato corto: El sol negro
Escrito por Martín Almodóvar


miércoles, 25 de junio de 2008

Cara de ángel (Capítulo I)




Jonatan tiene cara de ángel a punto de ser expulsado de algún paraíso. María se encuentra abrumada tratando de decidir que hacer con aquella pulga en apariencia inocente, pero capaz de lo peor si las cosas vienen viradas. Cuando lo llama al orden le pone cara de no haber roto un plato en su vida, pero si baja la vista su rostro se ilumina con una sonrisa burlona. ¿Qué hago con él? Se repite esta mañana después de que la profesora de “mates” lo hubiese echado de la clase porque le había plantado cara y se negaba a obedecer sus instrucciones. Si continúas sin hacer nada te echaré de clase. Pues échame, mejor, así no te veo. Mira que te hablo en serio y además te pondré un parte. Otra pena pa mi chocho, y como no tengo, ni tengo pena ni tengo na. Le contestó desafiante. Aquí ya se ganó la expulsión directa a la Jefatura de Estudios, donde María lo recibió por enésima vez esa semana, y eso que sólo era miércoles. ¿Qué hago con él? Se repite, tratando de estrujar su cerebro en busca de alguna idea que le pueda ayudar a corregir y mejorar la conducta del bichejo. María es una mujer madura de cuarentaypocos años a la que su trabajo todavía le resulta grato. No ha caído aún en la decepción que abruma a muchos de sus colegas y que les hace pasto de la desesperanza, del escepticismo y del aislamiento de la realidad; en ocasiones también del cinismo. No es una profesora quemada. Aunque, a decir verdad, la actitud y el comportamiento de Jonatan la están trastornando un poco.
Frente a ella tiene a un individuo con cara de querubín, pequeño, delgado y vestido de forma desaliñada, como si le hubiesen tirado la ropa al cuerpo en el momento de levantarse. Jonatan tiene el pelo rubio, pero no con el tono dorado de los niños pijos, sino ese sucio y apagado que tienen los niños pobres, un rubio bajuno. Sus ojos son azules y vivos, de un azul profundo, acostumbrados a contemplar una carga de realidad extraordinariamente superior y más terrible que la de los niños de su edad. Esos ojos claros de mirada seráfica se transforman en un pispas en el principal argumento de una expresión contundente y perversa capaz de impresionar al más pintado. Cuando pone cara de malo acojona a aquellos que la reciben, sea un profesor u otro estudiante. Hay otros rasgos de su físico que llaman la atención: su pelo crespo y enhiesto desafiando la gravedad por mor de la gomina, aunque en ocasiones viene con el pelo tintado de colores recordando una piel de tigre, lo que le añade un halo de libertad y de agresividad que envidian unos y que temen otros. Los ojos miel de María se posan en los azules de Jonatan con poca convicción. Éste sabe, sólo con la confrontación de sus miradas, que María hoy no tomará una decisión drástica, todo lo más se limitará a regañarle y a intentar comerle el coco. Él pondrá cara de no haber roto un plato y le dirá que se arrepiente y que tiene razón, además de prometerle mecánicamente que no lo volverá a hacer más. María se enreda en sus propias vacilaciones y se deja atrapar en un laberinto de sentimientos contradictorios. Al final de este proceso, como es natural, gana Jonatan.
María, en casa, no consigue doblegar el recuerdo recurrente de Jonatan. Su cabeza, como un disco rallado, se encuentra asediada por un fárrago de sentimientos que la conducen a un laberinto de emociones que la atrapan igual que una araña a su presa. Esta tarde no puede concentrarse ni pensar en otra cosa. Mientras tanto, casi sin darse cuenta, un sentimiento de lástima se introduce maliciosamente en su cerebro y perturba, saboteador eficaz, su razonamiento. Como en un universo paralelo, el saxofón de John Coltrane estremece como un latigazo la tarde cenicienta del incipiente noviembre. Las notas sublimes del Salmo de “A Love Supreme” discurren huérfanas de atención y se escapan por la ventana entreabierta del piso para perderse como humo sonoro en el gris de la tarde. A María le gusta escuchar este disco, además de por lo conmovedor de su música, porque fue grabado el mismo día y año en que ella nació. Le gusta observar ese tipo de coincidencias intrascendentes. No obstante, hoy no consigue concentrarse y disfrutar con el músico de Hamlet.

Relato corto: El sol negro
Escrito por Martín Almodóvar

martes, 24 de junio de 2008

Buenas noticias: Un aulladero Inspirador


Por Maria Ladi Londoño

Iniciamos la construcción de un aulladero. Espacio donde puedan aullar en contra de la violencia, todas aquellas que tienen gritos atorados en sus gargantas, para ser nutrido por las mujeres comprometidas con un mundo más justo.

Los aullidos y gritos de tristeza, queja, alerta, o dolor, agudos cortos o prolongados, -a nuestro alcance-, facilitan expresar emociones y divulgar opiniones cuando son difíciles de hacer visibles por otros medios. En tal sentido, el aulladero del Colectivo de Mujeres Pazíficas de Cali puede llegar a ser una megaconstrucción inspiradora y de fuerza para rechazar las atrocidades que desconocen la dignidad humana, la vida de las personas, la justicia social y la equidad. Digamos por que aullamos, porqué no podemos seguir calladas. Por tanto:


Aullemos Mujeres. Aullemos. Dejemos salir con gritos, el dolor que nos ahoga por casi medio siglo de violencia armada en Colombia; por los genocidios, las masacres, los descuartizamientos y soledad de las y los torturados.

Aullemos para sacudir la inercia, propia y de esta sociedad que tolera, encuentra, acepta explicaciones y valida las violencias armadas que siembran con sangre el suelo colombiano.Aullemos con profunda tristeza, por la impotencia y frustración de no encontrar cómo torcer la agobiante realidad.

Aullemos por la desolación y desesperanza de las miles de víctimas de motosierras y fosas comunes. Por los horrores de la violencia que parecen no tener fondo.

Aullemos por la pequeñez de quienes, con el poder para cambiar la situación, privilegian sus intereses particulares y miopes vanidades.

Aullemos para manejar la abrumadora e inútil culpabilidad, de vivir con comodidad, en realidades paralelas al horror. Para exorcizar la costumbre desastrosa de ver que se aceptan social y políticamente a criminales y verdugos.

Aullemos Mujeres, de forma prolongada para despertar conciencia y avivar iniciativas de intervención. Para promover capacidad y pensamiento críticos frente a quienes mercadean poder con base en la muerte, y marchitamiento de la vida.

AULLEMOS. Mientras las condiciones del entorno en que vivimos nos agobien con la insoportable situación de violencia y agresión que caracteriza esta sociedad. Quizás un día nuestros gritos fragilicen los valores y el valor social de quienes pregonan la intolerancia y riego de sangre humana.Y seguramente nuestros bramidos construirán un aulladero inspirador de iniciativas pacifistas y humanizadoras

Aullemos Mujeres. Aullemos...




El "meme" de la felicidad

Mi amiga virtual, Merche, me ha embarcado en esto de los “memes”. Bueno, a ver que me sale...

Este meme trata de: Escribir seis cosas sin importancia que nos hagan felices, incluir el enlace de la persona que nos ha elegido, hacer constar las reglas en el blog, elegir seis personas para continuar el desafío y avisar a estas personas con el correspondiente comentario.

Pequeñas cosas intrascendentes que me hacen feliz:


1. No hacer nada los viernes por la tarde y cuando digo nada, es nada. Me explico: tumbarme en el sofá con la tele puesta en un programa indefinido, y disfrutar del sueñecito, que despacito, te va invadiendo. Despertarte y no saber ni que hora es.


2. Oler, oír, ver el mar.


3. Levantarme temprano, cuando la casa aún está en silencio y sin lavarme la cara, sentarme en el escalón de mi patio y tomarme el primer café, con el fresquito de la mañana.


4. Estrenar unos zapatos nuevos. Debe ser una reminiscencia infantil...


5. Cuando llega el verano, andar descalza y oír las regañinas de toda la comunidad familiar, comentando el mal ejemplo que doy, que no tengo remedio... ¡Me encanta!


6. Una copa o dos... de cava fresquito, sin un motivo especial.
Y añado una séptima y es escuchar esta canción que me recuerda a mis hijos Olmo y Martín y su alegría y filosofía de la vida:






Para continuar este meme elijo a: Hipnosi nocturna, Cardito de puchero, Tiro p´alante, Tio Jimeno, No voy a tirar la toalla
Animaros y haced algún comentario sobre las seis pequeñas cosas que os hacen felices.


lunes, 23 de junio de 2008

Entre limones




Entre limones: Historia de un optimista
Autor: Stewart, Cris
Editorial: Books4pocket

Reseña de Books4pocket:

"Entre limones es una de esas cosas raras y maravillosas: un libro divertido e intuitivo que encanta desde la primera página a la última... y es que alguien que, sin tener ni idea y sin pensárselo dos veces, se mete a reconstruir y llevar un cortijo en un rincón perdido de una sierra de España, claramente no puede estar haciendo nada malo.
Chris nos transporta a Las Alpujarras y nos mete en una serie de contratiempos con una combinación simpática de pastores campesinos, viajeros New Age y expatriados. El verdadero héroe del asunto, sin embargo, es el cortijo que él y Ana compraron: "El Valero" -un auténtico parche de montaña lleno de aceitunas, almendros y limones, asentado en el lado equivocado de un río, con ninguna vía de acceso, ni abastecimiento de agua, ni electricidad. ¿Podría ofrecer la vida algo mejor?"
Chris Stewart fue batería en los inicios del mítico grupo Génesis, aunque decidió dejarlo para viajar por medio mundo. desde que escribió Entre limones, continúa viviendo en su cortijo junto a su esposa y su hija Chlöe, y con numerosos perros, gatos, pollos, ovejas, su loro misántropo y, para arrepentimiento de Ana, una recién estrenada guitarra.

sábado, 21 de junio de 2008

Mis colegas y yo, preparando el baile de fin de curso

A diferencia de los bailes horteros que se preparan en algunos centros escolares para la fiesta de fin de curso, nosotras, sencillas a la par de elegantes, nos hemos decidido por el Lago de los cisnes. Aquí podéis percibir la gracia y perfección de nuestros movimientos...

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Esto, sólo fue un ensayo. Ahora mirad el resultado final, ha merecido la pena:

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viernes, 20 de junio de 2008

El extraño caso de la Dra. Ere y Mrs Erre

Letra complicada hasta para darle un lugar en el abecedario. La RAE nos dice que es la vigesimo primera y María Moliner, la decimonovena. Me han dicho que en su juventud era muy aficionada al hongo cornezuelo del centeno y que derivó en una adicción severa que le ha producido una pérdida del control irreversible. Su doble personalidad nos ha complicado la vida desde la más tierna infancia: que si carta se escribe con una r, que si correo se escribe con dos, que carrera, la primera con dos y la segunda con una. Y esto se complica, pues las palabras que empiezan por r suenan fuerte. Fácil. ¡Ya está! La colocamos doble ¡Nooo! Resulta que aparece Mrs. Erre disfrazada de la Dra. Ere y llevan sólo una r y nos amarga la existencia… Si además se pasa con el cornezuelo y se junta con las consonantes b, l, n, o s, que la ponen "postconsonántica" pérdida, ni te cuento…
Con el tiempo te acostumbras a sus impertinentes cambios y te das cuenta que la Mrs. Erre no es tan mala como la pintan. Si tiene un buen día y aparca su retahíla de reproches, nos puede reactivar, nos ayuda a resistir y a sobre todo a razonar.
Letra extraña y divergente.

jueves, 19 de junio de 2008

Odio el cambio de ropa...



Ya está aquí el verano. Y claro, a estas alturas, como siempre, mi armario es un caos. Mi madre diría, más enérgicamente, una leonera. El panorama es desolador, los jerséis de "cuellovuelto", los pantalones de pana y las bufandas luchando por un mismo espacio con las camisetas de tirantes, bañadores y pantalones coquineros. Pues bien, en un acto heroico anuncié públicamente, sobre todo para no arrepentirme y no ser pasto de posteriores críticas familiares, que este fin de semana haría el cambio de ropa de invierno a verano.
Yo tengo un vestidor con una planta y un ático ¿Qué no lo habéis oído nunca? Seguro que sí. La primera planta es un armario con tres puertas, el ático, más conocido popularmente como el altillo, es el espacio donde puedes esconder la ropa de la estación contraria con o sin orden, estando a resguardo de las miradas de cuñadas, cuñados y hermanas criticonas.
Todos los cambios de estación me plantean el mismo dilema. ¿Es mejor vaciar antes el ático y hacer un trasvase progresivo y ordenado de la ropa de la primera planta o vaciar la primera planta y hacer lo contrario? Opto por la tercera y devastadora vía: toda la ropa de invierno encima de la cama y todas las cajas y bolsas del altillo en el suelo, junto con la amalgama de botines forrados de borreguito que coexisten con las sandalias veraniegas. La visión es desoladora. Me siento en medio de la cama en posición flor de loto, junto las palmas de las manos a la altura del regazo, entono un "mmmmm" reparador y me digo: Violeta, ante todo mucha calma. Me armo de valor y como una amazona intrépida inicio la batalla.
La cosa empieza bien. Abro la caja donde pone "pantalones verano", la vacío y voy colocando los pantalones de invierno. Como la ropa de invierno ocupa más sitio, tengo que mezclar en otra caja los pantalones con las bufandas. ¡Ya empezamos! Añado con rotulador en la caja de los pantalones: "bufandas". Los gorros y los guantes ocupan menos sitio que las bufandas y los pantalones. Me arrepiento y saco los pantalones de la caja y reagrupo las bufandas, gorros y guantes en la misma caja. Seguidamente tacho lo escrito anteriormente y así va pasando el tiempo... ¡Ah! ¡Sorpresa! La caja de los vestidos, ya no me acordaba... ¡La prueba del algodón! Ya se sabe que con la edad podemos evolucionar en dos direcciones distintas: te "ajamonas" o te "amojamas". Yo sólo os digo que me gusta el jamón... nadie es perfecto. Como no me gusta probarme ropa, no me quito la que tengo puesta y me colocó la prenda en cuestión encima de los vaqueros y la camiseta que llevo, no sin un gran esfuerzo. La lucha es encarnizada pues el vestido lucha por encajar bien pero con la ropa que llevo debajo y mi afición al jamón, resulta un poco difícil.
Justo cuando los dientes de la cremallera se te están clavando en la columna, estás sudando como un pollo y a punto de pedir ayuda porque el aire no entra en tus pulmones, se cumple mi particular Ley de Murphy, el día que haces el cambio de ropa, viene visita.
Oigo la voz de Martín:
- ¡Violeta! ¡Violeta! Tenemos visita... ¿Violeta...? ¿Te pasa algo?
Como no respondo, Martín decide subir a ver que me ocurre. La imagen es indescriptible. Estoy de pie, con el vestido presionándome el pecho, con los dos brazos hacia arriba, la cara oculta por el vestido, sólo aparece un ojo por la manga sisa...

- Pero Violeta, mira que eres difícil... ¿Tú no puedes probarte la ropa como las personas normales? ¿No es más fácil que te quites la ropa que llevas y luego te pruebes el vestido?
Como no respondo y mis movimientos son los de una posesa, por fin Martín logra bajar la cremallera y vuelvo a la vida. Mi cara es la de "cachondeoelpreciso". Mi salvador, que me conoce como si me hubiera parido, aguanta la risa como puede y baja a atender a la visita sin hacer ningún comentario.
Llega la noche, se van las amistades y cuando vamos acostarnos: ¡Sorpresa! Ya no me acordaba... ¡Aaaah! Solución: toda la ropa de invierno que hay encima de la cama, termina mezclada en el suelo con las prendas de verano, las sandalias y los botines.
Cumplí mi promesa y el domingo por la tarde el objetivo estaba aparentemente conseguido. Digo aparentemente conseguido porque ya sabéis lo que pasa. Cuando todo está bien ordenadito en el altillo, de pronto caes en la cuenta de que no has hecho hueco a los edredones, tienes dos jerséis de lana tendidos en el patio... y vuelta a empezar.
Bueno, comprenderéis por qué es traumático para mí el cambio de ropa. No creáis que soy desordenada, no es verdad. Es que me gusta la variedad, el cambio. Las cosas colocadas siempre de la misma forma no tienen gracia. Esto se lo explico a mi querido Martín que me escucha con una paciencia infinita. Asiente con la cabeza y con cara de "quehechoyoparamereceresto", me contesta con su tonillo irónico:
- Sí. Claro. Ya, ya... Violeta, si yo te comprendo...
Y es que no tengo remedio, en el fondo me gusta el desorden, sólo en el fondo porque no se ve.
Por cierto, todos los años me queda un misterio sin resolver y estoy por escribirle al Iker Jiménez:
¿Por qué cuando has tirado un calcetín, al día siguiente aparece el otro?

miércoles, 18 de junio de 2008

martes, 17 de junio de 2008

La gramática descomplicada



Título: La gramática descomplicada
Autor: Álex Grijelmo
Editorial: Taurus
Lugar y fecha: Madrid, 2006
Páginas: 464


Se publicó hacer un par de años y desde entonces se ha convertido en un libro imprescindible para mí. Es divertido y muy entretenido. Desdramatiza y juega con la gramática. Es un libro eminentemente divulgativo escrito para personas que no son especialistas en gramática. Los ejemplos que emplea para explicar las reglas gramaticales son creativos y muy originales. Es una visión de la gramática diferente y muy atrevida . Sólo hay que leer su título.
Aquí os pongo el enlace para que podáis leer un fragmento del libro y una entrevista con su autor:

lunes, 16 de junio de 2008

La tribu del cansancio

Me cansan las personas eternamente cansadas. Esas que conocemos, que tenemos cerca. Se van arrastrando por la vida con el saco del cansancio ajeno. Nunca las verás estresadas ni apuradas por nada. Sólo de pensarlo se cansan. No tienen grandes preocupaciones ni contratiempos, pues sólo imaginarlos les provoca ese cansancio infinito que imprime a su vida un ritmo tedioso y amargado. Llevan el peso acumulado de los cansancios prestados.
Vienen de vuelta, con paso cansado, ya no se preocupan por nada porque nunca se han preocupado. Vomitan esa letanía cansina y repetida del "nopuedoconmivida". Están asqueadas y aburridas por la inmovilidad permanente que desde siempre está, tozudamente, instalada en sus vidas.
Invierten gran parte de su tiempo en espectaculares campañas publicitarias para vender su cansancio secular, acumulado tras largos años de entrenamiento diario. Critican con vehemencia a quien trabaja, se compromete o se divierte. Estas personas son hábiles en las distancias cortas. Si no estás alerta, te parasitan hasta el aliento. Te inoculan el virus del hastío y del aburrimiento. Siempre están ofendidas y enfadadas porque no reciben el reconocimiento merecido por los servicios prestados durante tantos años de rudo e intenso ejercicio dedicado a cultivar, con intensidad, esa atávica e inmemorial flojera por la vida, las amistades o el trabajo.
Las personas eternamente cansadas me disparatan, me enervan y sobre todo me cansan infinitamente. Lo dejo... estoy terriblemente cansada...

sábado, 14 de junio de 2008

Queridos miembros y miembras



Queridos miembros y miembras, amigos y amigas de la que suscribe:

Estos días he reflexionado sobre lo rancios y rancias que somos en este diverso país. Durante esta semana el país se ha paralizado, ha ocurrido una hecatombe. Hemos dejado de respirar y nos hemos quedado sin aliento. Casi nos cortamos las venas y nos rajamos las vestiduras, que con el calor que va haciendo no estaría mal… Se ha cometido un atentado lingüístico irreparable para las generaciones posteriores. No nos ha importado que en el súper no haya leche ni yogur ni que España goleara a Suecia. Nuestra mente estaba ocupada por las palabras de la Ministra Bibiana Aido. Ella dijo “miembras” y un escalofrío general recorrió nuestra piel de toro y una hora después, también Las Canarias.
Todo tiene su lado positivo, durante estos días hemos aprendido mucho sobre la lengua. Ríos y ríos de tinta han corrido para explicarnos que el lenguaje no es sexista, que “miembras” es una palabra que no está aceptada por la santísima RAE, que lo genérico es el masculino por aquello de la economía del lenguaje. Gregorio Salvador, académico de la lengua, que no académica, ha sentenciado: "Eso sólo se le puede ocurrir a una persona carente de conocimientos gramaticales, lingüísticos y de todo tipo”. Si es que es una inculta, la pobre.
Digo yo que cuando mi profe (palabra sí recogida en el diccionario: apócope de profesor, -a)) de lengua me explicaba lo de la sincronía y diacronía del signo lingüístico, lo de la mutabilidad e inmutabilidad de la lengua era una estupidez. Antes de incluirse la palabra jueza o abogada en el diccionario ¿era incorrecto su uso? Menos mal, que otro Salvador en este caso Gutiérrez (catedrático de Lingüística General de la Universidad de León), pone un poco de sentido común al tema y nos dice: "La lengua es el organismo más democrático que existe en el mundo".
En el fondo de esta polémica subyace ese machismo reconcentrado de algunos miembros de esta sociedad que se resisten a que se haga visible la otra mitad miembra de la población, que también existe.
Creo que como la Melanie con su Antonio, me tatuaré "miembra" en mi antebrazo izquierdo.

viernes, 13 de junio de 2008

La neblina del ayer





Con este bolero Leonardo Padura comienza su libro La Neblina del ayer. Desde la primera página, el libro te atrapa hasta el final. La novela es como un bolero nostálgico y melancólico que te va meciendo suavemente, transportándote, con continuos flash-backs a la Habana de la dictadura de Batista con sus casinos, cabarets y gánsters.
Retrata la decadencia y la miseria moral y estructural de la Habana actual a través de los distintos y variados personajes que conforman la novela.
El protagonista es Mario Conde, antiguo policía, que se dedica a la compra-venta de libros antiguos. De manera fortuita, se encuentra con una valiosísima biblioteca que puede suponer un negocio redondo para él y un alivio para su penosa situación económica. Al revisar uno de los libros, se encuentra con una hoja de revista donde aparece Violeta del Río, una famosa cantante de boleros de los años 50, que anuncia su retirada en la cumbre de su carrera. Atraído por la belleza y el misterio de su desaparición, Mario inicia una investigación que le llevará a un desenlace inesperado.
Muy interesante y sorprendente.

jueves, 12 de junio de 2008

El señor Manuel y la fábrica de Coca-Cola



Tuvimos que dejar nuestro barrio porteño. Mi hermana Gardenia acababa de nacer y en el “cuarto de casa” donde vivíamos, éramos multitud. Nos trasladamos a otro barrio. Ya no se veía el mar cuando llegaba de la escuela y no podía ir corriendo descalza hasta la playa. Eran altos edificios, todos iguales, sin ropa de colores tendida en los balcones. Cambiamos las estrechas y bulliciosas calles de mi querido barrio por grandes avenidas llenas de coches y autobuses que vomitaban humo.
Después de mi experiencia escolar con la Academia Lux y la señorita Martirio, llegó el momento del Instituto. Tenía más de media hora de camino hasta llegar a él. El autobús sólo era un privilegio para los días de lluvia abundante, ya que nuestra economía familiar no permitía el gasto que suponían cuatro viajes al día.
Sin embargo, el paseo hasta el Instituto tenía un aliciente: la Coca-Cola y el señor Manuel.
Más o menos a mitad de camino, estaba la fábrica que exponía su interior a través de unas grandes cristaleras que llegaban hasta el suelo. Siempre que pasaba por allí, me alucinaban esas enormes cubas de acero inoxidable, brillantes, impecables y llenas de un líquido espumoso de color chocolate que continuamente era batido por unas enormes turbinas. Después estaba la sala de embotellamiento. Miles y miles de botellas de Coca-Cola aparecían y desaparecían por un laberinto de cintas automáticas. Me gustaba el ruido ensordecedor que provocaban las botellas al chocar unas con otras. Por último, las botellas ya llenas y cerradas caían, por arte de magia, en sus correspondientes cajas de plástico rojo y eran transportadas por otra cinta hasta el interior de otra sala que no alcanzaba a ver. Me quedaba encandilada hasta que llegaba Pilar, una compañera de Instituto.
El señor Manuel siempre estaba allí, en su cabina acristalada, con su pantalón gris y su camisa blanca en la que tenía bordadas en rojo las inconfundibles letras. Todas las tardes salía de su cubículo, nos saludaba y nos echaba el mismo sermón:

- Nenas, tenéis que aplicaros, tenéis que estudiar. Las mujeres dentro de unos años tendréis el mundo en vuestras manos y debéis estar preparadas para ello. Que nadie abuse de vosotras ni os engañe…Miradme aquí, 10 horas de trabajo, mal pagado, mal mirado y sin protestar… con la edad que tengo…

La verdad sea dicha, por aquel entonces, mucha atención no le prestábamos. Pero la tarde de los viernes era especial. El señor Manuel salía de la cabina con dos grandes coca-colas fresquitas de las de medio litro, no sin antes preguntarnos si habíamos hecho los deberes durante la semana y habíamos estado atentas en clase. Al final de cada trimestre nos regalaba, a veces, una gorra; otras, unas gafas de sol de cartón o una camiseta. El decía que era un premio que nos merecíamos porque el estudio era nuestro trabajo y estábamos construyendo país, porque la juventud era el futuro, bla, bla…
Por supuesto, nuestras conversaciones con el señor Manuel y sus regalos eran absolutamente secretos y resultaban una trasgresión prohibida pero irresistible. Tomarse una Coca-cola era, en aquel momento, un privilegio sólo reservado para las grandes ocasiones. Además, estaban las leyendas urbanas que decían que si le echabas a un filete de carne un chorrito de aquel preciado líquido salían gusanos, que servía para limpiar los cristales del coche, para aflojar un tornillo oxidado, que los policías americanos llevaban garrafas de Coca-cola para limpiar la sangre de la carretera cuando había un accidente y cosas así...
El nacimiento de mi hermana Loto supuso otro cambio de residencia y con ello acabaron los encuentros y conversaciones con el señor Manuel. Lo vi años después, en una visita que organizó el Instituto a la fábrica. Pilar y yo estábamos emocionadas no por la visita, sino por saludar al Señor Manuel y decirle que ya estábamos en el último curso y que al año siguiente iríamos a la Universidad. Él nos reconoció al instante, nos dedicó una gran sonrisa y un fuerte apretón de manos, pues ya éramos unas mujeres hechas y derechas, nos dijo. Y como siempre inició la retahíla de preguntas sobre nuestros estudios. Le contamos nuestros proyectos e ilusiones. Entonces sacó un pañuelo de su bolsillo, con la excusa de que le picaban los ojos a causa de toda la porquería que echaba la fábrica. Se había emocionado.
Se despidió de nosotras y con un guiño picarón nos dijo:

- Dad caña a esta gente, ya sabéis que son unos explotadores...

Y así fue, como adolescentes “progres” de aquella época hicimos lo que creímos unas inconvenientes e incómodas preguntas que el gerente respondió con toda soltura, sin perder la compostura y con una irónica sonrisa en sus labios... Y con la ingenuidad propia de la edad, tuvimos un gesto digno y solidario, puramente testimonial, con todos los explotados y explotadas del mundo: nos negamos a coger las camisetas y gorras con las que nos querían obsequiar. Salimos todas con el corazón en la boca, habíamos hecho una “gran hazaña”, no nos íbamos a vender por unas camisetas, por mucha multinacional que fuera.
No volví a ver al señor Manuel, pero forma parte de la lista de personas entrañables que conforma el mosaico de tu vida.
La fábrica ya no existe. Fue demolida y en su lugar se van a construir pisos. La asociación de vecinos y vecinas del barrio se opuso a su demolición. Querían conservar el edificio para uso deportivo y cultural.
Pero ya se sabe, la “pela es la pela”, “la chispa de la vida” y siempre manda.

martes, 10 de junio de 2008

Para las princesas de porcelana, Ana y Mía

Los tips no ayudan a perder peso, ni a estar más guapas, ni os convertirán en princesas. No os engañéis, ayudan a morir.

video

Estas webs os pueden ofrecer ayuda:


Asociación de Lucha contra Bulimia y Anorexia
Asociación Contra la Anorexia y Bulimia
Tú eres más que una imagen: Linea de ayuda contra la anorexia
Asociación Valenciana Contra Los Trastornos Alimentarios
Asociación en Defensa de la Atención a la Anorexía Nerviosa y Bulimia
Sitios para denunciar blogs pro-anorexia

Campaña contra la anorexia:

http://www.teoriza.com/posiciona-contra-la-anorexia/


Esta página web propone una iniciativa para luchar contra la anorexia. Sólo nos ocupará unos minutos. Se trata de escribir una entrada incluyendo alguna de las palabras clave que utilizan las personas que tienen esta enfermedad, para así expulsar de las primeras posiciones de los buscadores, a las páginas que sin escrúpulos, animan y asesoran la práctica de esta enfermedad.

lunes, 9 de junio de 2008

Capítulo III: El legado (Violetas con historia)







Teníamos instrucciones muy precisas. A las nueve de la mañana debíamos estar en la puerta del único tinglado₁ del puerto viejo que quedaba en pie. Recibiríamos una llamada de Olivia Menta, indicándonos el lugar exacto de la cita. De repente, sonó lo que parecía un estrepitoso cañonazo. Las tres nos quedamos paralizadas.
- Pero ¿qué ha sido eso?- dijo Loto.
- Me ha parecido un cañonazo, pero no puede ser…- dudó Gardenia.
Vimos como salía humo de la bocacalle que desembocaba en la Plaza San Miguel. Fue entonces cuando caí en la cuenta que era 29 de septiembre, San Miguel, patrón del barrio marinero.
- ¡Que es la fiesta Mayor del barrio y hoy es el día del cañón!- exclamé emocionada.
- ¿Qué cañón, Violeta?- dijeron mis hermanas un poco exaltadas.
- Que sale un tío vestido de Napoleón, tirando cañonazos de caramelos y dulces.
- ¡Anda ya!- incrédulas mis hermanas.
- ¡Qué sí, ya veréis! ¡Vamos a la Plaza San Miguel y lo comprobáis!
Y me vi allí, con mi vestido de piqué y mis Merceditas de charol negro, esperando con impaciencia y nerviosismo, la consigna ya conocida y repetida: ¡Señor rector, queremos el cañón! Las puertas de la iglesia se abren y aparece el cura tirando del cañón. Hace entrega solemne del mismo a “Napoleón” que se dispone a cargarlo de pólvora y caramelos. Y de golpe, perfectamente sincronizados, todos los niños y niñas del barrio nos tiramos al suelo, unos encima de otros, riendo y gritando. Y: ¡Buuummmm! Primer cañonazo. Los caramelos volando por los aires y toda la chiquillería, hecha un amasijo de brazos y piernas, nos levantamos apresurados para recoger los preciados dulces y caramelos. Nos recorrimos todas las calles del barrio a cañonazo limpio. Al final de la mañana, me picaban los ojos y la garganta, me dolían los oídos y me escocían las rodillas, pero estaba feliz.
La llamada de Olivia Menta me devolvió a la realidad. Nos esperaba en la calle Baluarte, 112. Subimos por una estrecha escalera, sin apenas luz, tropezando unas con otras y riendo, hasta que llegamos al último piso, que resultó ser un minúsculo ático de dos habitaciones. El intenso olor a mar de aquella pequeña terraza, me recordó como al volver de la escuela, tiraba la maleta de libros y las sandalias en la escalera del edificio donde vivía mi abuela. Corría hasta la playa para darme un chapuzón antes de almorzar. Y parecía que escuchaba, nítidamente, las voces de mi madre y mis tías desde el balcón de la casa: ¡Y esta niña! ¡Tiene vicio con la mar!
Olivia Menta era menuda y muy vivaracha. Nos ofreció café con leche condensada y no le supimos decir que no. Sus vivos ojos nos miraban con un inusitado interés y moviendo la cabeza continuamente, asentía. No dejaba de decir lo mucho que nos parecíamos a la abuela Violeta.
Después de un rato de preguntas sobre nuestra vida, se dio cuenta de la evidente impaciencia que empezábamos a manifestar y nos dijo:
- Sé qué estáis expectantes y tenéis muchas preguntas sobre vuestra abuela y su militancia en el AUM. Hoy tengo un poco de prisa porque tengo que hacer otra entrega, pero no preocuparos, ahora mismo os transfiero el legado de mi querida amiga Violeta. Necesito vuestra ayuda, ya que son varias cajas y yo, ya veis, no estoy para muchos trotes.
Mientras la seguíamos hasta su alcoba, yo imaginaba no sé qué clase de baúles historiados, pero resultaron ser tres cajas de cartón a rayas de colorines de las que venden en los “chinos”. En las tapas de las cajas estaba escrito con leras mayúsculas AUM: Sección Violetas.
Olivia miró el reloj de pared que tenía colgado en la pequeña salita y le entró una prisa incomprensible. Nos dijo que teníamos que despedirnos, empujándonos hacia la puerta. Ante nuestras tímidas protestas, se ofreció a concertar otra cita con nosotras, puesto que tenía que darnos instrucciones precisas sobre la conservación del legado.
Cuando ya habíamos descendido la mitad de la escalera, no pude frenar mi impulso y volví a subir. Abrió una Olivia con cara contrariada, pero esa circunstancia no me contuvo:
- Olivia, sólo quiero que me responda a una pregunta.
- Diiiime…- me contestó con tono aburrido.
- ¿Qué es el AUM?
Me miró muy fijamente y susurró:

- El Álbum Universal de las Mujeres.




Imágenes de la Galería pública Barceloneta

(1) Tinglado: "...aquellas enormes naves llenas de ves a saber cuántos tesoros traídos en barcos exóticos. Gozaba pensando en qué debía haber dentro. ¿Qué contenían? Ya hacía tiempo que había preguntado qué era un "tinglado" y me sabía poseedora de un conocimiento que no todos los niños tenían, sólo los que estábamos relacionados con el puerto de alguna manera. En aquellos almacenes se acumulaba todo lo que transportaban los cargueros que atracaban en los muelles y todo estaba mezclado. Me imaginaba entonces que todo estaba metido allí de forma desordenada y en la mente veía imágenes de objetos inimaginables para los adultos, apilados en montañas descomunales donde era difícil encontrar nada. Y me preguntaba cómo podían localizar algo después. Fui muy consciente, ya desde entonces, de lo que quería decir el concepto: "Esto es un tinglado". (Bella y exacta descripción de Gardenia Turpin, alias la nocturna)