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jueves, 15 de marzo de 2012

El cuaderno azul (III)

Empezó su particular ritual antes de leer. Pasó sus manos sobre el cuaderno. Su tacto era rugoso y áspero. Se lo acercó a la nariz. Olía a humedad como si hubiera estado largo tiempo metido en un lugar sin ventilación. Ya estaba preparada para leer aquellas páginas que se le presentaban amarillentas y medio roídas por el paso del tiempo.

Se percató que faltaban hojas que habían sido escritas y posteriormente arrancadas. Todavía podía leerse alguna palabra a medias.

Ojeó el cuaderno rápidamente y entre sus páginas encontró dos entradas del 13 de septiembre de 1936 para el Liceo de Barcelona. Tenían impresas las palabras “entrada gratuita”. Llegó a la conclusión que era un diario. Apenas había un par de páginas escritas con una caligrafía muy cuidada.

“13 de Septiembre de 1945”

Hoy ver la fotografía de nuestro primer baño en el mar, me ha dado ánimos para seguir tirando de una vida que se me hace insoportable. Es lo que hago todos los días. Me aferró a los buenos recuerdos porque es imposible vivir de otra manera. Quiero sostenerme con lo bueno que compartimos porque la realidad me ahoga y recordar me mantiene viva.

Hoy me he pasado la tarde remendando la escasa ropa que tenemos. Empieza a refrescar y no podemos gastar en nada que no sea comer. He sacado del armario el abrigo rojo. Sabes que paciencia no me falta y lo he descosido para la darle la vuelta y poder aprovechar la tela un invierno más. La verdad es que tiene un aspecto más decente. ¿Te acuerdas del abrigo? Ese que tanto te gustaba y por el que te enamoraste de mí. Eso era lo que me decías entonces, cuando me perseguías a todas horas contándome tus sueños. . Qué una muchacha con un abrigo rojo se te había aparecido en sueños y que entonces supiste que tu compañera de vida sería una muchacha con un abrigo rojo… ¡Qué embaucador!

Hoy he visto a Matilde. Está demacrada y triste. Creí que estaba enferma pero no es así. Pascual ha vuelto después de seis años sin saber nada de él. Dice que Pascual no es el mismo desde que ha llegado. No habla, no ha contado nada. No sabe si he estado preso o escondido todos estos años. El sábado los vi en el parque y él apenas movió la cabeza para saludarme. Sus bonitos ojos azules están sin brillo, apagados, fríos. Está muy delgado y parece que tenga veinte años más.

miércoles, 28 de diciembre de 2011

El cuaderno azul (Captítulo II)


Era un viejo cuaderno, con las tapas de cartón azul. Con la mirada puesta en el vestíbulo de la estación, una mano dentro del bolso y el corazón en la boca, abrió el cuaderno y tocó lo que parecía una foto. Con disimulo y sin dejar de mirar lo que ocurría a su alrededor, pasó la foto del cuaderno a una de las revistas que había comprado.

Tenía el color sepia de las fotos antiguas. Una pareja de jóvenes posaba en bañador. Sonrió. Le dio la vuelta y en un sello algo borroso, pudo leer: Estudio Fotográfico Fotos Tamarit, Barcelona.

Ella no tendría más de veinte años. Llevaba un bañador, seguramente azul con rayas blancas que rodeaban las mangas, el cuello y el dobladillo, él era quizás algo mayor, alrededor de los treinta. Acababan de bañarse. Tenían los pies mojados y llenos de arena. Los bañadores se pegaban a sus cuerpos.

Levantó la vista de la foto, dio un vistazo rápido a la estación y respiró. No había nadie cerca. Observó la foto detenidamente y descubrió unas palabras escritas con tinta ya algo borrosa. Puedo leer:

Nuestro primer baño en el mar"

Junio 1936”


Guardó la foto y se sintió mal. Pensó que estaba profanando la intimidad de esas personas. Se levantó y se dirigió hacia la cafetería donde encontró el cuaderno, pero estaba ya cerrada. Sus ojos inquietos buscaron entre las pocas personas que ya quedaban en la estación. Nadie parecía estar preocupado por haber perdido algo. Buscó entre las personas más ancianas, escrutando sus facciones por si encontraba algún parecido con la pareja de la fotografía. Nada.

Su mente se debatía entre entregar el cuaderno en la oficina de objetos perdidos o definitivamente decidirse a abrirlo y leerlo.

jueves, 15 de diciembre de 2011

El cuaderno azul (Captítulo I)

I

No podía creerlo. Había estado tan ocupada y emocionada preparando el viaje, que no se enteró de la huelga de los ferroviarios. Rebuscó su móvil en el bolso. Intentó llamar y nada, sin cobertura. Bueno, no cabía otra cosa que tener paciencia. Merodeó por la estación buscando un kiosco donde comprar chicles y alguna revista de esas que traen pasatiempos. Había traído un libro pero no le apetecía leer. Se sentó en una de esas incomodísimas sillas de plástico que hay en las estaciones modernas, puestas en fila, en las que la piel de las piernas se queda pegada como una lapa.

La estación estaba muy animada. Había mucha gente que deambulaba parándose en las pantallas donde anunciaban las entradas y salidas de los trenes. Caras de desesperación, de tristeza, de indignación. Cuando anunciaban la salida de algún tren, se ocasionaba un pequeño barullo, carreras, pisotones y algún tropezón inesperado.

Poco a poco la animada estación se quedó casi desierta. Estaba ya un poco aburrida y decidió probar suerte con su móvil. Salió a la calle. Hacía frío y tampoco tenía cobertura. Entró y se dirigió a una de las pantallas para comprobar si algo había cambiado. Nada, su tren seguía anulado. Tenía hambre y decidió entrar en una de las pocas cafeterías que aún quedaban abiertas. Comió un bocadillo y se pidió un café. Le dolían las piernas. Llevaba muchas horas sentada. Se agachó para masajearse los tobillos y vio un cuaderno tirado en el suelo.

Su primera intención fue entregárselo al camarero, pero la curiosidad la venció. Guardó el cuaderno en el bolso, pagó su consumición y como si hubiera cometido un crimen, salió del local apresuradamente.

viernes, 26 de agosto de 2011

¿Dónde estuvo el error?

Siempre imaginó los nombres de sus hijas. Fantaseaba y pensaba que si tuviera tres hijas se llamarían Raquel, Irene y Esther.

Son esas extrañas intuiciones que se acomodan en el pensamiento y que finalmente se convierten en realidad.

No, seguro, ninguna llevaría su nombre. Jamás le gustó. Tampoco les pondría los nombres de sus hermanas, cuñadas, abuelas o suegra. Ella había elegido un nombre especial para cada una de sus hijas y las tuvo. Tres hijas, tres.

Sus nombres tan cuidadosamente imaginados se extraviaron en un oscuro y extraño laberinto de rencor que construyó implacablemente durante toda su vida.

Su primera hija llevó el nombre de su mejor amiga. Supuso una marca indeleble para toda su vida. Sí, su primera hija llevó el nombre de su mejor amiga. No, no era feo el nombre, pero resultó decididamente inconveniente. Siempre que llamaba a su primera hija, recordaba que era el nombre de la amante de su marido.

Mala suerte.

Cuando nació su segunda hija le rogó a su marido que eligiera cualquiera de los nombres que ella siempre había deseado. Él decidió soprenderla y a su segunda hija le puso su tan odiado nombre.

Decepción.

El nombre de su tercera hija no corrió mejor suerte. Se llamó como su abuela, la madre de su marido.

Rabia.

¿Dónde estuvo el error? Quizás en los nombres, pensó. Pero otras veces se consolaba pensando que eran hijas equivocadas de otra madre que andaba angustiada buscándolas desesperadamente.

Nunca le gustaron los nombres de sus hijas. Sus hijas, tampoco.

Tristeza.

Tristeza para todas, a partes iguales.



viernes, 3 de diciembre de 2010

FOTOS


I


Entonces reconocí la mirada de la fotografía. Pero ¿cómo era posible? Amplié la imagen hasta que sus ojos quedaron enmarcados. Era la mirada abismal, imantada, que me desajustó desde el primer día que lo vi. Siempre había estado allí, ¿cómo no me di cuenta?
No sé qué me llevó a bajar las escaleras precipitadamente, entrar en el garaje y rebuscar entre las bolsas de plástico donde, de manera desordenada, guardaba mis fotos. Enseguida comprendí que entre aquel maremágnum de muebles viejos, pantallas de ordenador obsoletas, sillas de playa y toda clase de artilugios desechables era imposible hacer nada. Mi búsqueda necesitaba organización y sistemática. La impaciencia me llevó a subir cargada con más bolsas de las que podía llevar. Tropecé con todo lo que iba encontrando a mi paso. Las bolsas se rompieron y un reguero de fotos alfombró las escaleras. Cerré los ojos y suspiré profundamente.
No recuerdo cuántos días pasé sin salir de aquella habitación, sin apenas comer y desoyendo las llamadas a mi móvil.
Por fin logré ordenar, como en una secuencia cinematográfica, las instantáneas de mi vida. Él aparecía de manera tozuda y persistente. ¿Qué significaba todo aquello?



II


Recordé la primera vez que cruzamos nuestras miradas. Yo, como todas las mañanas cumplía la tarea diaria de ir a la panadería del barrio a comprar el desayuno: croissant para mi hermana Loto, ensaimada para mi hermana Gardenia, una trenza de hojaldre para mí…
Por la mañana temprano, siempre me cruzaba con las mismas personas. Mi vecina Lourdes que también iba a por el pan, los trabajadores de los talleres del barrio que se dirigían al bar de la esquina a tomarse su café acompañado de un sol y sombra. Pero un buen día apareció él o siempre había estado allí y simplemente no me había dado cuenta.
No era ni alto ni bajo, ni especialmente guapo, pero vi algo en sus ojos que me paralizó. No puedo decir que me gustara, pero su mirada me inquietó.
También coincidíamos, alrededor de las cuatro de la tarde, en la parada del autobús que me llevaba al instituto. Yo disimulaba y cuando creía que él no me miraba, aprovechaba para espiarlo. No diré que me obsesionara pero la curiosidad me llevó un día a no bajarme del autobús y seguir dos paradas más allá para ver a donde iba. Decisión absurda que me costó casi tres cuartos de hora de caminata hasta llegar a mi destino y problemas por llegar tarde a la clase matemáticas.
Un buen día dejamos de encontrarnos y olvidé el tema. Sin embargo, de vez en cuando, nos volvimos a ver de manera casual e inesperada en distintos lugares de la ciudad. Era un asunto extraño, de repente después de algunos meses o años, allí estaba otra vez, en la puerta de un cine, en la entrada a un concierto… Nunca supe su nombre y jamás cruzamos una sola palabra.



III



Me desperté con un horrible dolor de cabeza y con un zumbido insoportable en mis oídos. Era el timbre que no dejaba de sonar. María cuando se lo proponía podía ser muy persistente. Abrí la puerta y no mostré mi mejor cara.
- Pero, tía… que te ha...
María se quedó paralizada al ver el desorden del salón. Con su obsesiva disposición al orden y a la limpieza, abrió las ventanas, recogió algunos platos con restos de comida que ya olían, tiró las decenas de colillas de ceniceros y vasos. Todo esto lo realizó en el más respetuoso de los silencios. Hacía años que éramos amigas y sabía que mejor era estar callada y esperar a que mi expresión mejorara. El olor a café me devolvió a la vida.
María estaba alucinada. Miraba y miraba las fotos pegadas con chinchetas en las paredes, en los sofás, esparcidas en el suelo. Me miró arqueando sus finas cejas…
- Ahora te lo explico, deja que me tome el café…
- ¿Te ha dado un ataque de nostalgia o qué?
Antes de que pudiera contestarle, me entregó un gran sobre en el que no había ni dirección ni remite ni siquiera estaba franqueado.
- Lo he encontrado en el suelo, delante de tu puerta. ¡Qué emoción! ¡Ábrelo, tía!
Creo que me puse tan pálida que María se asustó. Presentí que algo no iba bien. Le pedí por favor que no abriera el sobre, que igual no era para mí, que sería para un vecino, pero de nada sirvió. Decenas de fotografías quedaron esparcidas sobre la mesa. Y allí estaba yo en todas y cada una de ellas.
- Pero ¿quién es este tío? Oye, no está nada mal. ¿Y tú? ¿Y tú qué haces en todas las fotos? Oye... de este tío no me habías contado nada. ¡Qué calladíto te lo tenías!
- ¡Cállate, por favor!
Tiré de su brazo con violencia y la obligué a mirar mis fotos. Pero… no era posible. ..
Él había desaparecido.

sábado, 19 de junio de 2010

Sirenas Inmortales escriben sus trepidantes aventuras

Entre tanta información sobre políticos corruptos, crisis económica y número de goles por segundo, el titular despertó mi curiosidad: “Sirenas Inmortales Escriben Sus Trepidantes Aventuras”
Un numeroso grupo de sirenas se había constituido como grupo editorial. “El Salero” era el nombre elegido por este colectivo que proyectaba, entre otras publicaciones, editar una colección de relatos de aventuras protagonizadas por sirenas. El objetivo de esta colección era terminar definitivamente con los mitos, que a lo largo de la historia, han contribuido a tener una idea absurda y equivocada sobre el comportamiento y la vida de estos seres marinos. Además, su deseo, como expresó su portavoz Merceida Calamara, era desmitificar a los célebres héroes de las grandes epopeyas y a los caprichosos y tiránicos dioses del Olimpo.
La noticia me resultó muy llamativa pero escueta, así que busqué información en la red sobre este colectivo. Tenían una página web muy completa, con variadas y distintas secciones. Me llamó la atención una en particular, “Héroes y dioses de pacotilla”. Desplegué el menú y allí estaban todos los personajes de las antiguas y modernas epopeyas. Al azar, pinché en “Ulises, el chirivaina”, “Poseidón, el colérico”, etc. Era tanta la información que allí se mostraba que decidí empezar por el principio y resolví volver a la página de Inicio y leer la introducción donde se explicaba la verdadera naturaleza de las sirenas:

“Las sirenas somos seres que habitamos en espacios diferentes, dependiendo de nuestras necesidades o nuestros deseos. En esto no nos diferenciamos del resto de criaturas de este universo. Una de nuestras características fundamentales es que nos adaptamos a cualquier situación y medio natural. Desde tiempos inmemoriales ha sido así. En la antigüedad, poseíamos alas que nos permitían volar y desplazarnos con mayor rapidez. Sobre esta cuestión estamos un poco decepcionadas con Darwin, ya que en sus investigaciones sobre la evolución de las especies no nos dedicó ni un solo capítulo. Y aunque él nunca lo supo, convencimos a numerosas especies marinas para que se dejaran capturar para así colaborar en su interesante investigación. Ya se sabe, la vida es muy ingrata. En fin, que con el paso de los siglos, perdimos nuestras preciadas alas, aunque desarrollamos una aleta considerable que nos da agilidad y velocidad en el medio marino. El inconveniente son sus escamas, ya que igual que les ocurre a los humanos con la caspa, la descamación es un problema estético que no hay champú ni crema milagrosa que lo solucione, digan lo que digan los spots publicitarios.

Mucho se ha dicho sobre nuestra afición al canto. Esto es muy relativo, ya que en todo colectivo hay individuos que tienen unas capacidades innatas para cantar y otros que tienen un oído en Ítaca y el otro en Creta. Es decir, unas cantan divinamente, teniendo una fuerte y preocupante adicción a los karaokes, y las otras te tirarías al mar directamente, caso de algunos navegantes que prefirieron ahogarse antes que seguir escuchando los cantos insoportables de algunas sirenas, no precisamente dotadas para ello.

Somos esencialmente criaturas curiosas, sociables y cordiales. Nos agrada una buena conversación y nos gusta participar en cualquier evento cultural sea terrestre o marino. Además nos caracterizamos por ser emprendedoras, ahora que esta historia está tan de moda, nosotras siempre hemos puesto en marcha distintas y variadas empresas. Nuestras actividades empresariales siempre han estado relacionadas con los deportes acuáticos. El capital inicial, que siempre es necesario para poner en marcha cualquier proyecto, lo tenemos al alcance de nuestra mano. Los sucesivos naufragios a lo largo de los siglos, han capitalizado todas nuestras empresas, ya que los tesoros sumergidos en el mar, hasta hace poco, estaban totalmente a nuestra disposición. Actualmente, con esas extrañas leyes que se sacan de la manga los humanos sobre explotación marina, aguas internacionales, propiedad de los tesoros sumergidos en el mar…, tenemos alguna que otra dificultad. Sin embargo, con nuestra innata capacidad organizativa, solucionamos con eficacia este tipo de problemas. También tenemos que reconocer que la rapidez en estos casos es esencial. En el momento que se produce un naufragio, el centro de comunicaciones más cercano al mismo, informa a los distintos grupos de intervención directa para que actúen con diligencia. Nuestra prioridad, en estos casos, es salvar a los humanos que se encuentren situación de peligro y después nos ocupamos de los bienes que se pueden recuperar. No somos avariciosas y sólo incautamos lo necesario para poder vivir con dignidad.

Sobre nuestro aspecto físico, nos indigna especialmente esa absurda definición que hacen los humanos sobre nosotras: “Ninfa marina con busto de mujer y cuerpo de ave, que extraviaba a los navegantes atrayéndolos con la dulzura de su canto. Algunos artistas la representan con torso de mujer y parte inferior de pez”. Que absurda manía tiene la especie humana. Todo debe ser calificable y sobre todo definible, por supuesto a su imagen y semejanza. Hasta tienen una especie de manual indiscutible donde guardan como un tesoro, el significado de todas las palabras. No están abiertos a la divergencia que provocan diferentes contextos y situaciones en las que es necesario inventar nuevos términos o cambiar su significado ancestral. Si no lean la definición que hacen sobre el canto de las sirenas: “Discurso elaborado con palabras agradables y convincentes, pero que esconden alguna seducción o engaño”. Lo diferente les asusta y desconfían de aquello que no tiene una explicación científica o…”

La curiosidad hizo que pinchará sobre el enlace el canto de las sirenas. De repente, un agudo sonido maltrató mis oídos… Me había quedado dormida y la sirena del colegio del otro lado de la calle me despertó sobresaltada. Me incorporé soñolienta y recogí las hojas del periódico que leía antes de adormilarme. Fijé mi vista en un titular que me hizo sonreír:

“Secretas inmobiliarias exhiben sus truculentas fortunas”

domingo, 7 de marzo de 2010

El maniquí


Nunca me habían gustado los maniquís, tan inexpresivos, tan ausentes. Sin embargo, todas las mañanas me paraba delante de ese escaparate como arrastrada por una extraña fuerza que me atraía y me obligaba a mirar a hurtadillas, la figura altiva e inmóvil del maniquí. De los escaparates, más que los artículos que en ellos se exponían, siempre me había gustado ver mi figura reflejada en los cristales. En casa no tenía espejos de cuerpo entero, así que aprovechaba mis paseos por las tiendas para poder mirar el aspecto que llevaba.
Desde hacía algún tiempo, la figura del maniquí me obsesionaba, creía que había algo en él que lo hacía diferente a los demás. Me puse manos a la obra. Saqué la vieja cámara de fotos y fotografié decenas y decenas de maniquíes. Tuve que dejar pronto esta repentina afición, pues resultaba muy difícil encontrar carretes para mi antigua y obsoleta cámara.
Decidí revelar los carretes en casa, pues tenía un pequeño cuarto donde todavía conservaba una ampliadora de las de antes y algunos botes de líquidos propios para la ocasión. Imaginé, por un momento la cara de Manolo, el de la tienda de fotos, pensaría que se me había ido la pinza… fotos de maniquíes.
Después de intensas horas de revelado, nada. Todos eran iguales, los mismos rasgos, la misma mirada perdida, la palidez de su cara, nada de nada. Opté por olvidarme del tema y cambiar mi ruta de paseo.
Meses después, recibí una llamada de mi amiga Lucía. Estaba en Madrid, de turismo urbanita. Quedamos para tomar café. Lucía estaba como siempre, dicharachera, habladora pero algo en sus gestos y en su mirada me hizo dudar de su buen ánimo. Cómo nos conocíamos desde hacía muchos años y habíamos compartido siempre casi todo lo que nos pasaba, le pregunté directamente.
- Lucía, estás rara. ¿Algo que contar?
- Violeta, pensarás que estoy loca.
- Bueno, eso no es nada nuevo…
- Que no, Violeta, que me están pasando cosas extrañas. No te rías, estoy obsesionada con un maniquí, tanto que creo verlo en todas partes. Ahora mismo, está aquí. Nos separan dos mesas. Mira con disimulo, por favor- susurró Lucía.
Me quedé petrificada. Era él.