"Hay que recuperar, mantener y transmitir la memoria histórica, porque se empieza por el olvido y se termina en la indiferencia" (José Saramago, 2005)
sábado, 19 de junio de 2010
Contra la impunidad
lunes, 10 de mayo de 2010
El mar
Rompe recuerdos retenidos con rencor,
mece nuestra memoria con misivas melancólicas.
Pinta piruetas en plenilunio para piratas perdidos
y les promete perlas perfumadas de sal.
Maquilla nuestras mejillas con color de aguamarina,
recitándonos rumores y risas coralinas.
Neptuno nos susurra en secreto que en su morada,
podemos soñar sin prisas ni pretextos.
mece nuestra memoria con misivas melancólicas.
Pinta piruetas en plenilunio para piratas perdidos
y les promete perlas perfumadas de sal.
Maquilla nuestras mejillas con color de aguamarina,
recitándonos rumores y risas coralinas.
Neptuno nos susurra en secreto que en su morada,
podemos soñar sin prisas ni pretextos.
jueves, 15 de abril de 2010
Para Concha (In memoriam)
Sólo hace pocas horas que tú no estás y te echo de menos, Concha. No quiero que se me olvide nada. Tu figura firme, rotunda, acogedora, sensual...
Recuerdo que antes de ser amigas, ya nos conocíamos de alguna reunión, alguna jornada... pero reconozco que me gustaste desde que te vi. Desprendías honradez, claridad, eficiencia. Por eso cuando Rafael me preguntó si conocía a alguien que estuviera interesado en una liberación sindical, pensé automáticamente en ti. No sólo no me equivoqué en lo profesional sino que descubrí a una persona sensible y bella.
Tu apariencia podía despistar, en principio, a los que no te conocían en profundidad. La verdad, yo misma, me ponía a temblar cuando enarcabas sutilmente las cejas y decías:
- Mira, te lo voy a explicar...
Me gustaba tu socarronería, tu humor inteligente y mordaz, el mimo exquisito, el cariño y el amor que desprendías cuando estabas junto a tu Manuel, cuando hablabas de tu familia, tus hermanos, tus sobrinos, tus amigos del alma.
Hoy parece que sólo me acuerdo de tonterías, de detalles sin importancia: tus brujitas, lo que te gustaban las cajas, el cava, el ducados que me pedías cuando nos encontrábamos..., las copitas, las risas, y esa solidaridad femenina que establecimos durante nuestra aventura sindical, de lo que te gustaban los hoteles, el teatro, escribir, escribir...Conservo todavía la historia del piano... Mi madre era una mujer inteligente... Todavía es un relato que está presente en mis clases...
Curiosamente, nunca nos dijimos cara a cara el afecto que nos teníamos, pero lo expresábamos por escrito, quizás por pudor: los mensajes en Año Nuevo, los cumpleaños... El juego que teníamos: tú siempre atenta y puntual, sólo hace dos semanas que me felicitaste; yo, como siempre, desastrosa, te felicitaba con atraso o adelanto, como tu decías, no tengo arreglo, pero nos reíamos...
No quiero que se me olviden tus ojos grandes, siempre atentos a todo lo que te rodeaba.
Sé que he perdido a una persona que me cuidaba. Porque sí, nos cuidabas a todos.
Hoy estoy triste, muy triste.
Rita
domingo, 7 de marzo de 2010
Jugamos con el diccionario
Las profesoras de lengua siempre buscan como amargarle la vida a una. Esas propuestas “tan creativas” “tan originales”… Ahora, a mi querida profesora se le ha ocurrido no se qué absurdo ejercicio para que nos familiaricemos con el diccionario, como si no tuviéramos cada una nuestra propia familia.
Bueno, sigo las instrucciones del ejercicio: que abra una página cualquiera. Ya. Que elija cuatro o cinco palabras. Estoy en ello… Por fin me decido: neceser, nécora, necrófago, nectarina, negar. Sigo con las instrucciones, ¿qué ahora tengo que escribir una historia?... Esto es increíble… Definitivamente se le ha ido la olla.
Esta historia se desarrolla entre las páginas 2040-2041 de un tomo-tocho que tengo en casa. Resulta que me encuentro con una nécora muy asustada, pues la persigue un necrófago, psicópata que se alimenta, según el diccionario, de cadáveres. Por mucho que le explica la nécora al necrófago que está viva, él está muy necesitado, ya que con la crisis la gente no quiere morirse por no hacer gastos innecesarios a las familias. Continúo página abajo, y ahí una hermosa y sensual nectarina, neceser en mano, se niega a deshacerse de sus cremas y perfumes, digan lo que digan las nuevas normas de los aeropuertos… Finalmente, le arrebatan su preciado neceser y llora desconsoladamente. El necrófago, sensibilizado con los más desfavorecidos, la consuela. Ella, entre sollozos y sorbiéndose los mocos le dice:
- ¡Antes muerta que viajar en avión!
- Ahí le doy toda la razón.
Bueno, sigo las instrucciones del ejercicio: que abra una página cualquiera. Ya. Que elija cuatro o cinco palabras. Estoy en ello… Por fin me decido: neceser, nécora, necrófago, nectarina, negar. Sigo con las instrucciones, ¿qué ahora tengo que escribir una historia?... Esto es increíble… Definitivamente se le ha ido la olla.
Esta historia se desarrolla entre las páginas 2040-2041 de un tomo-tocho que tengo en casa. Resulta que me encuentro con una nécora muy asustada, pues la persigue un necrófago, psicópata que se alimenta, según el diccionario, de cadáveres. Por mucho que le explica la nécora al necrófago que está viva, él está muy necesitado, ya que con la crisis la gente no quiere morirse por no hacer gastos innecesarios a las familias. Continúo página abajo, y ahí una hermosa y sensual nectarina, neceser en mano, se niega a deshacerse de sus cremas y perfumes, digan lo que digan las nuevas normas de los aeropuertos… Finalmente, le arrebatan su preciado neceser y llora desconsoladamente. El necrófago, sensibilizado con los más desfavorecidos, la consuela. Ella, entre sollozos y sorbiéndose los mocos le dice:
- ¡Antes muerta que viajar en avión!
- Ahí le doy toda la razón.
El maniquí

Nunca me habían gustado los maniquís, tan inexpresivos, tan ausentes. Sin embargo, todas las mañanas me paraba delante de ese escaparate como arrastrada por una extraña fuerza que me atraía y me obligaba a mirar a hurtadillas, la figura altiva e inmóvil del maniquí. De los escaparates, más que los artículos que en ellos se exponían, siempre me había gustado ver mi figura reflejada en los cristales. En casa no tenía espejos de cuerpo entero, así que aprovechaba mis paseos por las tiendas para poder mirar el aspecto que llevaba.
Desde hacía algún tiempo, la figura del maniquí me obsesionaba, creía que había algo en él que lo hacía diferente a los demás. Me puse manos a la obra. Saqué la vieja cámara de fotos y fotografié decenas y decenas de maniquíes. Tuve que dejar pronto esta repentina afición, pues resultaba muy difícil encontrar carretes para mi antigua y obsoleta cámara.
Decidí revelar los carretes en casa, pues tenía un pequeño cuarto donde todavía conservaba una ampliadora de las de antes y algunos botes de líquidos propios para la ocasión. Imaginé, por un momento la cara de Manolo, el de la tienda de fotos, pensaría que se me había ido la pinza… fotos de maniquíes.
Después de intensas horas de revelado, nada. Todos eran iguales, los mismos rasgos, la misma mirada perdida, la palidez de su cara, nada de nada. Opté por olvidarme del tema y cambiar mi ruta de paseo.
Meses después, recibí una llamada de mi amiga Lucía. Estaba en Madrid, de turismo urbanita. Quedamos para tomar café. Lucía estaba como siempre, dicharachera, habladora pero algo en sus gestos y en su mirada me hizo dudar de su buen ánimo. Cómo nos conocíamos desde hacía muchos años y habíamos compartido siempre casi todo lo que nos pasaba, le pregunté directamente.
- Lucía, estás rara. ¿Algo que contar?
- Violeta, pensarás que estoy loca.
- Bueno, eso no es nada nuevo…
- Que no, Violeta, que me están pasando cosas extrañas. No te rías, estoy obsesionada con un maniquí, tanto que creo verlo en todas partes. Ahora mismo, está aquí. Nos separan dos mesas. Mira con disimulo, por favor- susurró Lucía.
Me quedé petrificada. Era él.
Desde hacía algún tiempo, la figura del maniquí me obsesionaba, creía que había algo en él que lo hacía diferente a los demás. Me puse manos a la obra. Saqué la vieja cámara de fotos y fotografié decenas y decenas de maniquíes. Tuve que dejar pronto esta repentina afición, pues resultaba muy difícil encontrar carretes para mi antigua y obsoleta cámara.
Decidí revelar los carretes en casa, pues tenía un pequeño cuarto donde todavía conservaba una ampliadora de las de antes y algunos botes de líquidos propios para la ocasión. Imaginé, por un momento la cara de Manolo, el de la tienda de fotos, pensaría que se me había ido la pinza… fotos de maniquíes.
Después de intensas horas de revelado, nada. Todos eran iguales, los mismos rasgos, la misma mirada perdida, la palidez de su cara, nada de nada. Opté por olvidarme del tema y cambiar mi ruta de paseo.
Meses después, recibí una llamada de mi amiga Lucía. Estaba en Madrid, de turismo urbanita. Quedamos para tomar café. Lucía estaba como siempre, dicharachera, habladora pero algo en sus gestos y en su mirada me hizo dudar de su buen ánimo. Cómo nos conocíamos desde hacía muchos años y habíamos compartido siempre casi todo lo que nos pasaba, le pregunté directamente.
- Lucía, estás rara. ¿Algo que contar?
- Violeta, pensarás que estoy loca.
- Bueno, eso no es nada nuevo…
- Que no, Violeta, que me están pasando cosas extrañas. No te rías, estoy obsesionada con un maniquí, tanto que creo verlo en todas partes. Ahora mismo, está aquí. Nos separan dos mesas. Mira con disimulo, por favor- susurró Lucía.
Me quedé petrificada. Era él.
miércoles, 4 de noviembre de 2009
Haikus
I
Otoño dulce,
tu nostalgia húmeda
calma mi alma.
II
Mujeres libres
dibujan con sonrisas
soles eternos.
martes, 27 de octubre de 2009
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